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¿Qué pasó en el medio? Celebramos el nacimiento de Internet, nos conectamos con el mundo, creamos comunidades, tuvimos oportunidad de compartir conocimiento, expresarnos, dejar una huella (digital). El soñado mundo hiper conectado, en red, colaborativo, se tornó un mundo oscuro. Las democracias globales de repente están fracturadas, los estados nación doblegados al imperio de las plataformas digitales que propician la cultura del desencuentro. El abandono de las instituciones de la modernidad se manifiesta como una crisis transversal. Surgen las ultraderechas que emergen en todo el globo, sustentadas en discursos tan chatos, agresivos, desopilantes como pegajosos. Noticias falsas, odio, terraplanismo, antivacunas, “trad moms” (madres tradicionales) y cripto bros. Tribus herméticas. Las utopías apadrinadas desde el campo de la tecnología y la comunicación, como “Aldea Global”, “Mundo Virtual”, “Ser Digital” bajo las hipótesis del libre acceso a la información, la inteligencia colectiva, de la red y la conexión global se desvanecen en el reflejo sombrío de la pantalla del black mirror. Hay una nueva batalla y se está dando en nuestras mentes. 

Play the game.

En una oficina del CERN en Berna, Suiza, Tim Berners Lee, mucho tiempo antes que Colisionador de Hadrones, la Máquina de Dios, hiciera chocar protones para generar pequeños big bangs a escalas medibles de laboratorio, oprimía el botón de la compu de escritorio de su oficina que albergaba el primer servidor web. Café en mano, esperando que arranque la compu de una vez por todas, reflexionaba sobre ajustes que le harían falta al código para operar su otro juguete científico, el primer sitio web. Cuando ya sorbía el café ni se imaginaba que el servidor y el código en los que había trabajado, serían revolucionarios. Nacía la World Wide Web y el protocolo que haría posible que la Internet pudiera salir del circuito cerrado del ARPANET, el sistema de defensa nacional norteamericana o los laboratorios universitarios que se conectaban punto a punto: emisor – receptor. 

La globalización era un concepto que resonaba en los medios, en la academia y era tangible hasta en el más remoto confín del planeta. Con el definitivo derrumbe del muro de Berlín y el fin de la era soviética, occidente imponía su relato. La cultura pop norteamericana se había consagrado con su narrativa de la libertad, la diversidad cultural, la transnacionalización de las empresas, los capitales. Nosotros con “Un osito de peluche de Taiwán”. El mundo ya estaba al alcance de la mano pero la globalización necesitaba por entonces un empujón, y Tim estaba allí para hacerlo. Diez años después de ese café, el mundo interconectado por internet rogaba que el Y2K, la transición electrónica del milenio, no nos llevara puestos como civilización. No pasó, claro. Pero la idea de que operamos en red, que la tecnología de las comunicaciones era trascendental para el funcionamiento del mundo globalizado quedó sellada allí, para siempre. 

En el furor especulativo del mundo financiero se suscitaron inversiones multimillonarias para empresas emergentes hasta llegar a su gran derrumbe. Entre  2000 y 2001 llegan a su máximo esplendor de capitalización. La burbuja de las punto com explota. Muy pocas grandes empresas sobreviven. Argentina tuvo sus unicornios, sueños de oro, que se fueron también con las vibras del 2001 local: yeyeye.com del baterista de Soda Stereo, Charly Alberti y elsitio.com de Pepe Cibrián que llegó a cotizar en NASDAQ. 

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El nacimiento de Internet trajo mucho entusiasmo y motivación. Tuvo oportunidad para crecer. En el mundo académico se desarrolló la teoría de la hipertextualidad. Si bien era un concepto ya utilizado anteriormente, cobra relevancia con la expansión de posibilidades que traía la nueva tecnología web para poder hipervincular textos con otros textos, imágenes, videos, todos al alcance de la mano. La hipertextualidad era real. El discurso digital propicia la intertextualidad, el cruce de universos narrativos y la participación colectiva de modo instantáneo, con lo cual se conforma una cultura remix. Esta transacción tan fluida de contenidos, que se apilan, se mezclan, se citan mutuamente, es el caldo de cultivo de la cultura memética que hoy nos resulta tan familiar. (Ver nota MEME, ingenio popular en la narración de lo cotidiano)

Algo de lo que habla muy tempranamente Herny Jenkins del MIT sobre la cultura participativa y luego también desarrolla el académico argentino Carlos Scolari con su abordaje de las narrativas transmediales. 

Lo que había pasado en muy poco tiempo es que Internet no solo se constituía como una instrumento de comunicación masiva, algo a lo que ya el siglo 20 nos había domesticado, sino que traía ahora la novedad de la comunicación uno a uno, la comunicación red. En 2003 el sueco Robert Burnett y el australiano David Marshall, amplificaban en su Teoría de la Web, el entendimiento sobre lo que teníamos entre manos. La web no es solo una tecnología o una herramienta de información, sino un espacio cultural que reconfigura nuestras formas de interacción, producción y consumo de contenido. Se convierte en un lugar simbólico donde se construyen identidades, comunidades y discursos. Por su lado (y por estos lares sudamericanos) Jesús Martín Barbero (2002) reflexionaba sobre esta nueva configuración que se planteaba con la globalización económica e informacional que nos traía la red de redes. Existe para él una tensión entre las mutaciones tecnológicas, las explosiones e implosiones de las identidades y las reconfiguraciones políticas de las heterogeneidades. El cambio estructural es tan grande y significativo, que -adelanta-. está transformando nuestras identidades. Se aceleran las operaciones de desarraigo y se volatilizan las identidades que ahora “flotan libremente en el vacío moral y la indiferencia cultural” (p 14 y15).

Seguí participando.

Post caída y reorganización del escenario tech hubo otra gran revolución que encarnó el deseo humano de conexión. Nace la web 2.0 y con ella la posibilidad de que los usuarios puedan tener mayor protagonismo. Merced a los avances tecnológicos, ancho de banda y desarrollo de la industria del software aplicada a la web, los usuarios de Internet ganan en participación. Mark Zuckerber era apenas un adolescente aun cuando la web se vuelve colaborativa y los usuarios pueden abandonar la actitud pasiva que les imponía la navegación en portales. Sería ese joven Mark quien poco tiempo después se apropiaría de un incipiente proyecto universitario de Harvard genialmente retratado en el filme “The Social Network” (David Fincher, 2010). En 2004 nacía Facebook. En 2005 Youtube, ya conocíamos al buscador Google, pero también a Yahoo y un extinto Altavista. La telefonía móvil transicionaba al mundo smartphone. El mítico Steve Jobs con su clásica polera parado frente a un auditorio lleno de fans presentaba el Iphone y la historia tenía un nuevo giro. Internet, participación y portabilidad, una química perfecta para otra revolución. Todos fenómenos tímidamente emergentes. Hoy las big techs son grandes tanques hegemónicos. A eso vamos. 

Cumbio nena. El renacimiento influencer.

Recordemos que en tiempos de conexión Dial Up de 0,5 megas (en el mejor de los casos) veíamos los portales, los sitios de internet, pero la participación como internautas en ese gran foro de Internet estaba ceñida a los comentarios al pie, si es que el sitio lo permitía. Por lo general era una novedad  de los portales periodísticos o los blogs. Digamos que Internet era bastante unidireccional, pero con el temprano advenimiento de la web 2.0, una nueva configuración de la red que permitía como novedad otorgar participación a los usuarios hubo una joven que se hizo célebre de la noche a la mañana. Ahora que la tecnología permitía la bidireccionalidad, en Argentina nacía, a la par del boom de los cibercafés, el fenómeno Cumbio. Con su colección de fotos en la web logró devoción rockstar. El mérito: un rostro muy pregnante, encuadrado en 200 pixeles y esa estrella que solo te ilumina en el lugar y tiempo indicado. Los fotologuers o floggers amanecieron como una nueva tribu urbana digital pero que tenía su correlato territorial en los shoppings porteños. Agustina Vivero @soycumbio quien se define como la primera influencer argentina, era apenas una adolescente que, gracias a Fotolog.com y sus selfies irresistibles colgados en su perfil, logró cosechar miles de seguidores en un fenómeno cultural, novedoso por su procedencia digital: el movimiento flogger. Los pibes se laikeaban (me gustaban) en redes pero se encontraban en el espacio urbano. Un ritual que tributaba al culto de la personalidad, que se enriquecía con bailes, raros peinados nuevos, accesorios y, claro, una cámara digital para la selfie en el shopping. Inocencia. Pero el primer escalón de lo que viene.

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¿Libres o sueltos? Sos tu propio CEO. 

Una joven universitaria atraviesa la ciudad en bicicleta, son las 21:35 hs, en un día de semana. Puede ser en cualquier ciudad del planeta, y pasa aquí al lado también. Corre a contrarreloj para que la hamburguesa que lleva en su mochila de Rappi no se enfríe. El riesgo de llegar más tarde de lo estipulado por la plataforma puede suscitar una penalidad que se traduce en menos viajes y menos guita para cerrar el ingreso que la sostiene día a día.  

La web 2.0 inauguró la era del protagonismo de los usuarios y el culto a la individualidad. Un hágalo usted mismo, menos soberano, digital, aunque más bien pixelado. La idea de lo colectivo comienza a licuarse en la batidora del ego en tiempos de baja autoestima. El advenimiento de nuevas plataformas a la compulsa por la atención de las audiencias trajo a la palestra plataformas como Twitter (hoy X), el clásico Facebook, Instagram, también Snapchat, y más cerca aquí en el tiempo la arrolladora de origen chino, Tik Tok. Los textos personales florecen en el microblogging de Twitter, y Snapchat inaugura el posteo de contenidos efímeros de los usuarios, aspecto que luego recupera Instagram con las historias, además de los conocidos carretes de fotos. Youtube se suma más tarde con los shorts. La narrativa de lo breve gana lugar. El concepto en todas las plataformas es el dominio de la individualidad, la brevedad y el scroll infinito. Carlos Scolari (2020) define este tramo de la posmodernidad como “Cultura Snack” donde prevalece lo breve, lo efímero, lo volátil, lo líquido, donde los usuarios consumen todo a demanda como si fuera cualquier bocado de producción industrial. 

 El algoritmo favorece la autoría propia y va modelando los relatos y narrativas en favor del usuario que produce con disciplina. El objetivo de las plataformas, en sociedad desigual con los productores de contenido, es la atención contínua de las micro audiencias, el gran commoditie de las nuevas plataformas. Cada segundo de mirada atenta sostenido en la línea de tiempo y el scroll, monetiza. La retención de la mirada vale oro, se comercializa como un producto para las marcas que, gracias a las plataformas, cada vez saben más de nosotros que nosotros mismos. Esas reglas globales, esos modos y estructuras para pertenecer y que los contenidos tengan oportunidad de circulación, operan transformando subjetividades de los usuarios/as, desanclaje de estructuras tradicionales, e incluso incomunicación en los mismos entornos familiares. Esa reconfiguración de los mecanismos de identificación y de construcción de identidad es algo de lo que explora, en tono de clima de época, el drama británico Adolescencia (2025). La trama social se rompe en todas las instituciones modernas: la familia, la escuela, la justicia y un largo etcétera.

Gente rota.  

La fractura de lo colectivo como dispositivo de construcción social se comienza a manifestar en todos los órdenes. Hablábamos de los consumos y producciones culturales, pero hay otro gran cambio paradigmático en la economía de las plataformas. Con la atractiva puerta de entrada alrededor de la colaboración colectiva y el desmantelamiento de gigantes de hierro de la era industrial, irrumpen plataformas como Airbnb donde los usuarios, propietarios de apartamentos comienzan a ofertar individualmente en el mercado inmobiliario y turístico. Del mismo modo Uber rompe con la extensa tradición del transporte urbano de colectivos y taxis y le otorga a usuarios propietarios de vehículos la posibilidad de ser transportistas de otros pasajeros/usuarios. El fenómeno Airbnb está produciendo un resquebrajamiento de la organización territorial y demográfica en todas las ciudades del mundo en un fenómeno llamado gentrificación. El saldo: hay menos oferta para cada vez más inquilinos y más plazas de alquiler temporario para la sobre-explotación turística. En el caso de Uber se dinamitan estructuras anteriores y los usuarios, ciudadanos comunes, comienzan a ejercer tareas sin regulación estatal y mucho menos con protecciones de derechos laborales. La misma secuencia de precariedad se replica para los trabajadores de plataformas como Rappi o Pedidos ya, tal como nuestra ciclista, gerente de su propia vida. 

Only Fans, una plataforma originalmente pensada para organizar comunidades de fans con posibilidad de retribuir a influencers creadores de contenido, de repente se convirtió en un gigantesco negocio de venta de contenidos eróticos y pornográficos a demanda. Ahora usuarios y usuarias desde la habitación de sus hogares en cualquier parte del planeta reciben recompensas en dólares de otros usuarios consumidores. La sexualidad está plataformizada, al punto que Tinder a través de su algoritmo categoriza estándares de belleza y favorece cierto tipo encuentros y nuevas prácticas a la hora del cortejo. 

En la era de las plataformas la vida ordinaria está cada vez más organizada por sistemas de autogestión con interfaces herederas del gaming. Todo aquello con lo que organizamos nuestra cotidianeidad: banco, compras online, inversión, romance, transporte, búsqueda laboral, amistad, viajes y turismo, y un largo etcétera, está de algún modo atravesado por una interfaz amigable, fácil, y con un sistema de recompensas. Todo tiene corazón, todo tiene un me gusta o acumula puntos. Dopamina. Satisfacción instantánea.

Las microculturas emergentes son fruto de esas reglas del juego. Este nuevo ecosistema global, por ejemplo, dio lugar al florecimiento de usuarios (predominantemente varones) que veneran la cultura financiera: los cripto bros. Jóvenes centennials que generan contenidos sobre finanzas, criptomonedas, estilo de vida suntuoso, culto al cuerpo “masivo” y sobre todo a la productividad. (Si querés saber más sobre criptomonedas podés leer la nota de Cripto Arte aquí en Árida) Así como florecen estas narrativas eufóricas, también prosperan situaciones complejas de ansiedad y depresión en niños, niñas adolescentes y adultos subsumidos al scroll infinito. 

La individualización frente a la colectivización en la economía de plataforma promueve trabajadores “libres”, o bien, sueltos, dispuestos a la compulsa minuto a minuto por la fuerza de trabajo mediada por algoritmos. 

Tecno qué? Criptobros al poder. 

El economista, catedrático y pensador griego Yanis Varoufakis está siendo trending topic de manera muy recurrente en las redes, los medios de comunicación y foros on y offline de todo el mundo, aunque suponga a esta altura que hablo desde mi propia burbuja. Lo cierto es que Yanis nos trajo una nueva mirilla para entender lo que está pasando. El muchacho de apellido difícil de retener, ha planteado que el capitalismo tal como lo conocemos está mutando. Eso ya lo sabemos, claro, pero trae una reinterpretación del concepto del viejo y conocido feudalismo, que puede servir para leer con claridad lo que parece que está pasando. Cambian los “patrones”: lejos queda el lobby del industrialismo y la producción, ahora, el nuevo poder se concentra en corporaciones digitales (los nuevos señores feudales) que no generan directamente valor, sino que extraen rentas a través del control de plataformas. Una arquitectura de poder tecnológico que se basa en la acumulación de datos de la humanidad, enterrados en grandes servidores desparramados en todo el mundo. Este concepto lo denomina tecno feudalismo, una estructura donde los grandes señores digitales —Alphabet (Google), Amazon, Meta, Apple— poseen los “feudos” digitales: ecosistemas cerrados, con sus propias reglas, a los que accedemos como “siervos” con cuenta y contraseña. Lo que pasa es que está mutando nuestra relación con el mundo, la condición de ciudadanía se sustituye por la de usuario o consumidor. Y en esa novedosa condición estamos gestionados por algoritmos que modelan nuestros hábitos, emociones, decisiones y deseos. La lógica no es productiva, sino extractiva: lo que se produce son datos, y lo que se monetiza es nuestra atención, convertida en materia prima. El único mercado libre que queda es el que lleva como marca la fintech más exitosa de Argentina con oficina central en Uruguay y próximamente en el paraíso fiscal del norte: Delaware. El mercado está sujeto a intermediarios que controlan el acceso y la visibilidad de todo lo que circula. Un capitalismo que se devora a sí mismo. La economía colaborativa, que prometía horizontalidad, ha sido absorbida por una lógica jerárquica de código y servidores. Los ejércitos tecno feudales, como los centinelas de la Matrix, son trolls que dan la disputa capilar en el territorio digital. Cripto bross, influencer fitness, trad moms, terraplanistas, coaches ontológicos emocionales, expresan la cultura emergente de CEOs de su propio destino. El odio es insumo de fracturación. 

El mundo ha cambiado, las tecnologías de la info comunicación que prometían una Aldea Global de horizontalización del acceso a la información, la comunicación en red, la colaboración y la inteligencia colectiva la vemos por el espejo retrovisor con cierta nostalgia. Lejos de ello, emergieron las plataformas que hoy dominan el mundo y trazan las políticas públicas con perspectivas de acumulación y no de derechos civiles. 

Los ricos no piden permiso.

En 2018 (ayer nomás), Mark Zuckerberg acudía al llamado del Senado estadounidense donde pediría perdón públicamente por el escándalo político internacional de Cambridge Analytica. Resulta que el magnate, vestido de traje para la cita, había “prestado” su plataforma para el uso indebido de datos de los usuarios de Facebook para favorecer a candidatos políticos o propiciar zonas de conflictividad en todo el mundo. A quién? A Cambridge Analytica, una consultora política con sede en Londres que atendía a clientes de todo el planeta (con capacidad de pago) y se valía de la virtuosa capacidad de análisis masivo de datos. Los datos los obtenía de la plataforma de Zuckerberg sin que la ciudadanía y el sistema político lo supiera (seguro dieron ok en la “Aceptación de condiciones de Uso”, la letra chica 😜). Ellos habían logrado establecer perfiles psicológicos bien sofisticados de los usuarios a partir de rastrear sus interacciones cotidianas. Unas cuantas decenas de likes eran suficientes para saber sus preferencias políticas o culturales y usarlas para agitar o consolidar sus posiciones sobre diversos temas. La capitalización masiva del sesgo cognitivo de los usuarios. En Argentina no quedamos afuera de ese laboratorio, el escándalo salpicó al gobierno de Mauricio Macri quien habría utilizado los recursos para agitar las redes durante su campaña de 2015 (Ver Nada es Privado (2019)

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Lo cierto es que hasta entonces el Estado mostraba sus últimas cartas republicanas regulatorias. Los vetustos senadores no lograron entender lo que pasaba y lo que venía. A todo esto en 2021, el viejo Twitter (luego también Facebook) expulsaba de manera permanente a Donald Trump por su incitación a la violencia que llegó hasta el capitolio, cuando hordas de seguidores fanáticos querían interrumpir el proceso democrático que había llevado a Joe Biden a la Casa Blanca. Distópico. Se repetiría en Brasilia con los fanáticos de Bolsonaro frente a la asunción de Lula Da Silva. 

El escenario se modifica cuando el magnate de derecha Elon Musk compra Twitter, le cambia el nombre a X y Donald Trump vuelve fortalecido al poder. Hoy los billonarios de Silicon Valley ya no están confesando al parlamento sus -al menos cuestionables- políticas de uso de datos entre balbuceos, dudas y sudor frío, hoy los ex jóvenes promesas de las big techs son parte del gobierno. Plataforma mata urna. 

El último hilo de ciudadanía cruje en un mundo que se le escapa de las manos. Para las ciudadanías fracturadas urge pensar ese mundo nuevo, con un nuevo contrato social, digital, capaz de reconocer los derechos (perdidos). Suena lindo,  aunque es cierto, resulta difícil pensar futuros posibles mientras que pedaleamos contrarreloj para entregar el paquete a tiempo.  

En esta nota consultamos a:

Jesús Martín Barbero

Carlos Scolari

Henri Jenkins

Yanis Varoufakis 

Miramos:

Adolescencia (2025)

The Social Network (2010)

Nada es Privado (2019)

El Dilema de las Redes Sociales (2020)

La Historia de El Sitio ( elsitio.com)

Tecno Feudalismo por Caludio Álvarez Terán

Les influencers: Criptobros al poder

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La voracidad del aquí y ahora.

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Capture Bizarre cuenta con una comunidad creciente de más de tres millones de seguidores en Instagram, otros dos en Twitter, un millón en Facebook y otro más en con el reciente desembarco en Tik Tok. Nos interesa su testimonio en términos, primero de pertinencia con el tema, claro, pero también en clave de regionalidad, porque expresa el potencial que se abre en torno a la comunicación en redes: la deslocalización de la producción simbólica y el derrocamiento definitivo del centro-periferia que posibilitan las redes. Vamos a conversar con Mauricio. 

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Mauricio Vesprini, ¿qué dice tu Linkedin? ¿Cómo te gusta definirte hoy?

Mi Linkedin dice que soy Licenciado en Marketing y la cabeza atrás de Capture Bizarre. Me gusta definirme como un apasionado de crear e innovar en redes.

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¿Qué es Capture Bizarre?

Capture Bizarre es una comunidad de entretenimiento cuya base está presente en todas las redes sociales de consumo masivo en el mundo. Somos una comunidad, porque no solamente tenemos un número muy alto de seguidores, sino que tratamos de tener relación con la mayoría, para poder compartir contenidos afines de nuestra audiencia.

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¿Y cuáles son las claves -desde tu perspectiva y tu experiencia- del éxito del meme en el discurso de lo cotidiano?

Existen varias claves para que el éxito del meme sea el mejor, pero la principal, sin lugar a duda, es la rapidez con el cual se realiza. Un meme puede tener siempre éxito, pero el pico del éxito se logra cuando se publica de forma casi inmediata ante cualquier acción que esté sucediendo; y la clave para esto es estar atento a todo tipo de acontecimiento que pase en el país o en el mundo. Un meme que cumpla con esa característica, no tengas dudas que se va a viralizar por todos lados y en cuestión de minutos alcanzó a millones de personas por distintos medios.

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¿Y las métricas qué dicen? ¿Dónde ves que está el volumen de reacciones hoy, en lo político, en el humor cotidiano, costumbrista, por dónde ves que está pasando la vibra de los usuarios de la región?

Si tengo que hablar de Capture Bizarre en sí, las métricas siempre nos devuelven los mejores resultados cuando publicamos memes sobre lo cotidiano, es lo que más pega y lo que más la gente comparte e interactúa. En cuanto a las redes en general, si hablamos por ejemplo de Twitter y en la época en la que estamos, lo político tiene mucha repercusión. Es como que está bien segmentado dependiendo de qué red social estemos hablando. Pero, en la mayoría de los casos, siempre gana lo cotidiano. 

En cuanto a los usuarios de la región, últimamente he visto a muchas personas compartir contenido sobre cosas que surgen en nuestra provincia (cosa que generalmente es raro, ya que siempre se comparten gustos y características de nivel nacional) e incluso de ciudades particulares, y que ha tenido mucha repercusión. Eso está muy bueno, las redes hoy permiten que cualquier contenido se viralice de forma rápida sin necesariamente tener un alto número de seguidores.

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Capture Bizarre nació como un proyecto de entretenimiento, construyó una comunidad enorme de usuarios alrededor del humor, del consumo irónico. Ahora me pregunto, ¿cómo es el desafío de monetizar una forma de mirar e interpretar la realidad? ¿Cómo sucede eso? ¿Cómo convertir en un emprendimiento digital de comunicación eso que hace unos años era en apariencia solo entretenimiento?

Lo definiste muy bien, cuando comencé con Capture Bizarre fue simplemente compartir lo que tal vez compartía en mi cuenta personal, pero atrás de un nombre y una marca. En ese entonces, era divertido tener cada vez más interacciones, comentarios, seguidores, mensajes… hasta que empezó a hacerse una “bola de nieve” tan grande que tuve que sentarme a ver cómo se manejaba una masa tan grande de personas. Digo esto, porque lo que comenzó como algo cotidiano de subir algo de humor, se convirtió en una responsabilidad enorme, ya que el contenido que publicaba y publicamos hoy en día, tiene una llegada inimaginable y por ende, somos cautelosos con lo que publicamos.

La monetización comenzó hace varios años, pensá que hoy en día hay miles de perfiles, de influencers que tienen mucho alcance, pero años atrás, fui uno de los pioneros. Esto llamó la atención de las marcas, de las agencias de Marketing y Publicidad y comenzaron a contactarme para ver qué valor tenía publicar contenido de ciertas marcas. En ese entonces, me di cuenta que ya no estaba manejando una cuenta de humor, sino que tenía un negocio en la palma de mi mano. 

Así fue como comencé a pautar con las marcas más grandes e importantes del mundo, que para mí, más allá del dinero, era sentirme parte en cierta forma, al poder colaborar con las marcas que desde chico soñaba y estudiaba sus mecanismos. A pesar de que estudié Marketing y me especialicé en todo este mundo del Marketing Digital, desde chico manejé una admiración por las acciones que hacían todas las marcas, es el día de hoy que puedo estar horas mirando videos de publicidades y analizando las estrategias que utilizan. Siempre digo que, todos históricamente cuando llegaba la hora de las pausas comerciales en los programas de TV, cambiaban de canal; en mi caso, llegaba a esperar que llegue el espacio publicitario para ver qué hacían.

Hoy en día, en Capture somos muchas las personas que vivimos de esto y estamos trabajando casi 24/7, todos los días para poder brindar el mejor contenido y para poder llegar siempre a más personas. Somos un gran equipo y eso es lo que hace que todo funcione tan bien.

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Capture Bizarre
Imagen con Ojo del logo de Capture Bizarre.

Un valletano en la historia contemporánea del meme

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¿Y qué son los memes?

Resulta que esa definición proviene -como muchos conceptos de las ciencias sociales- de la biología. Y en este caso, se la debemos al biólogo evolutivo británico Richard Dawkins. Fue él, allá por 1979 con El Gen Egoísta, quien denominó como meme o memética esa particular condición de la cultura humana que garantiza la imitación de comportamientos y expresiones, y a razón de ello, su permanencia. Desde la perspectiva Darwiniana, donde la selección genética hace su juego en la naturaleza para garantizar la supervivencia a las adaptaciones más exitosas, el señor Richard acude a la metáfora genética de la biología para llevarla ahora a la cultura. En la cultura sobrevive aquello que se socializa exitosamente. De hecho, el meme podría definirse como una deformación de gene (gen en inglés) y asociarse naturalmente, por sonoridad pero también en lo conceptual, con las palabras memoria y mímesis.  

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Imagen extraída de meeememuseum.

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Lo cierto es que, aún sin estar exento a críticas dentro de su propio campo – que también son propias de la construcción del conocimiento científico-, aquí nos resulta cómodo para empezar a entender por qué la palabra meme la tenemos tan internalizada en nuestra vida cotidiana. Hace unos pocos años atrás, era un concepto que nos era realmente ajeno, y hoy escribimos una nota sobre él. Y los memes, tal como los entendemos ahora en el mundo de las redes sociales, de alguna manera, responden a esa inquietud. ¿Cómo son capaces de sobrevivir y proliferar ciertas ideas o fenómenos culturales? ¿Qué hace que ciertos contenidos se conviertan en virales? (otra metáfora biológica).

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¿Y qué hace posible su expansión masiva?

Bueno, primero porque se puede, claro. Están las condiciones dadas: tecnológicas, sociales, culturales. Descontando que disponemos acceso a la web, las redes sociales son una tecnología que desde su origen hace más de 15 años, nos permiten compartir textos escritos, visuales y audiovisuales de manera horizontal. Hoy, el universo de usuarios puede aportar a la narración en sus micro y macro burbujas. Aportar significa que está al alcance de las y los usuarios la posibilidad de manipular imágenes con modesta elegancia a través de su móvil con la necesaria urgencia que ameritan estos tiempos. Ahora, el pillo del aula que se sienta al fondo, e impone humor y picardía anónima en un corsé de 40 metros cuadrados, tiene la posibilidad de desparramar talento en otras ligas. El atributo de los creativos publicitarios, esa gracia prodigiosa capaz de crear mensajes que conectan de inmediato con la comunidad merced también de la virtuosa infraestructura publicitaria, de repente se democratiza. Imágenes y textos populares pregnan los discursos sociales sin distinción de género, edades, credo, o nivel de ingresos. Con solo un par de toques al táctil del móvil, una humorada circula con multiplicación rizomática. No hay órden, autoridad, dirección, tampoco autores (claro que los hay, pero son invisibles), sólo el mandato de la emoción que provoca clicks para megustear o para compartir, o ambas cosas, como suele ser. 

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Meme creado con el generador de memes de Imgflip. 

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Los memes reúnen elementos visuales, imágenes, textos y dibujos para expresar ideas. Su autoría es casi siempre anónima, aunque conocemos usinas creativas como por ejemplo @eameo, @repicantee o @capturebizarre, entre tantos otros en Instagram, pero no a los individuos detrás de ellas; toman además, recursos fotográficos o videos sin atención a los derechos autor o de imagen de las personas. De allí, que ingeniosos dibujos y viñetas, productos masivos de las industrias culturales, personajes de la ficción, vuelven a recircular fragmentados y con otros sentidos diferentes de los originales. Pero también, personas comunes como vos y yo podríamos ser -¿víctimas?- de la viralización en formato meme. Lo vimos en otra nota aquí en esta revista, con la niña que se convirtió en meme y que hoy siendo joven reparó parcialmente ese daño vendiendo la foto original que la tiene involuntariamente como protagonista del meme, en una subasta NFT (ver nota). También ocurrió algo más penoso aquí en Argentina con la figura de la mujer trans, Zulma Lobato, quien fue víctima del anonimato brutal de la cultura meme. Denigrada primero en la picadora televisiva de Tinelli y luego a través del avatar de Eameo (el perfil que mencionamos anteriormente) quien la tenía como emblema de lo bizarro. Las críticas de los usuarios/as en torno a la transfobia fueron contundentes, el sitio quitó la imagen y pidió perdón. La cultura se transforma, lo que ayer circulaba con amplio consenso y causaba gracia, hoy ya no. Aunque el caso más emblemático de víctima, redimida, convertida hoy en una super estrella meme sea el caso de András Arató, el ingeniero eléctrico húngaro conocido por el meme Hide The Pain Harold (oculta tu dolor Harold). A juzgar por sus fotos, no lo parece, pero esa mueca sonriente, retratada para un sitio de stock de fotos años atrás, y que aparenta esconder infelicidad, ha sido el motor de su éxito. András, este auténtico hombre que hoy vive de ser meme lo pueden seguir en su perfil de Instagram.

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Y es que los memes manifiestan ideas comunes en ciertas esferas culturales con metáforas lingüísticas y visuales que son reconocibles fácilmente. Imagen simple (aún con sentidos complejos a su interior) y texto breve, mínimo, que ensamblados son capaces de estimular una emoción impulsiva y motivar a los usuarios a que en un par de clicks pongan en común, en sus círculos y afectos, ese acuerdo o validación del mensaje en cuestión.  Así Ricardo Fort, el Carpincho de Nordelta, Julio Iglesias, Trump, el Negro de Whataspp, Homero Simpson, el rapero Drake o la niña que disputa protagonismo a su pequeña hermana durante la celebración cumpleaños, iluminan millones de píxeles en cuestión de segundos, gracias a las capas de información añadidas por el ingenio popular. La capacidad discursiva del meme, se apoya en las referencias culturales populares, expresadas con el lenguaje de la cotidianidad. Allí radica su éxito y el motivo de su distribución viral en internet. Los memes tienen la picardía de la calle, son el relato irónico y pregnante de lo cotidiano. 

Y esa virtud para la comunicación humana, para la circulación y el entretenimiento, también lo constituyen en una herramienta política. El meme es político. Líneas atrás, mencionamos a usinas creativas de entretenimiento. Bueno, pues también las hay de memes políticos, dado que la batalla cultural se libra en diferentes territorios, en los más tradicionales pero también las redes (si es que ya no conforman el ámbito de lo tradicional). Con el mismo enclave humorístico -hoy lo conocemos como consumo irónico-, la sátira, ahora los memes políticos arremeten contra figuras públicas, ideologías, partidos, comunidades, minorías, etc. Nada queda en el camino. Y como mal de la época, también pueden entrar en la historia de las Fake News, las noticias falsas y la era de la post verdad. 

Y en el campo de la Comunicación, también se intenta indagar sobre los fenómenos virales, y allí aparecen de nuevo metáforas de la física y de la biología, que han servido de soporte para las ciencias sociales. Por ejemplo cuando hablamos del concepto de “contenidos líquidos” a expensas de Zygmunt Bauman con su Modernidad Líquida (1999), nos referimos que los contenidos discurren, que circulan, y que aquello que no circula muere. Y mucho de ello hay, los memes permanecen vivos en nuestra cultura porque circulan en la práctica del compartir, y se comparten porque son relevantes para quienes los consumen. También Henry Jenkins -a quien le debemos el hablar sonoramente sobre las narrativas transmedia-, junto a los autores Sam Ford y Joshua Green, indagaron sobre la cultura de convergencia, y nada más y nada menos, que bajo el título Spreadable Media (2013), donde domina la idea de la dispersión, expansión, la diseminación. Las transformaciones culturales alrededor de la transformación de las tecnologías de la infocomunicación. 

Ahora las conversaciones grupales en redes sociales, sean en circuitos abiertos o cerrados como WhatsApp, se nutren también de verdaderas reservas de memes. Desde los emoticones, hasta los stickers y gifs, están al alcance de los usuarios para proponer y reaccionar en el ida y vuelta. Este repertorio de recursos ahora aporta a las múltiples capas del mensaje mediado por móviles, otro dispositivo más para la emoción y el humor.

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La memoria del meme

En la breve historia de Internet, los memes asomaron de manera muy incipiente reclamando espacios para lo social cuando aún no había redes sociales, sólo sitios y buscadores. Por el 2003, nace el sitio 4chan.com, una especie de Taringa.net argentino (sí todavía existe), pero anglosajón y muy activo en la conformación de foros donde se discute literalmente de-to-do. Resulta que en los foros temáticos, un usuario publica lo que hoy llamamos LOLCat – un género en sí mismo-, una suerte de meme humorístico que tiene a los felinos en primera plana, con la leyenda mal escrita en idioma original “I Can Has Cheezburger?”, algo así como ¿puedo tener una hamburguesa de queso? Gatos e Internet, un bautismo de fuego. Twitter: El meme.

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Luego, por los 2010 se hicieron famosos otros memes, ahora dibujados, como TrollFace o Fuckencio, un verdadero furor que suscitó -a diferencia del gatito burguer- la narrativa de las y los usuarios de la red. 

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De pronto, estos personajes horriblemente mal dibujados, protagonizaban viñetas con situaciones de humor picante, editadas por los propios internautas. Y lo que sucedió con el tiempo -un poco ya lo sabemos por experiencias propias- es que esas prácticas culturales de nicho, enclavadas en sitios especializados y burbujas bien definidas como las comunidades fandom (fanáticos), comenzaron a abrirse camino hasta permear en nuestras vidas cotidianas. Hoy, el grupo de WhatsApp familiar, de amigues, del equipo de fútbol o de la secundaria, dialoga abiertamente enriqueciendo esos espacios con memes. Las comunicaciones institucionales, los mensajes sanitarios y hasta las campañas políticas acuden a la cultura meme y el consumo irónico para conectar con las audiencias. 

Nos queda la duda, al menos la hago propia, una inquietud quizás innecesaria a estas horas, sobre cómo los antropólogos del futuro estudiarán la riqueza de la cultura contemporánea. Si aún intentamos comprender los hábitos y costumbres a partir de los vestigios de la piedra rosetta, de los muros y momias egipcias, de la petrificación arrolladora del Vesubio en Pompeya o los restos de un almuerzo de las culturas originarias en una cueva milenaria que aún se conserva intacta en alguna ladera montañosa de la Patagonia, ¿cómo haremos para comprender la cultura de lo cotidiano, el rastro digital que dejaremos como testimonio de esta época? ¿Qué cosas nos hacen reír, quiénes son víctimas de la burla, cuáles son los valores implícitos, las formas retóricas exitosas…? uff. Por suerte, muchos se han hecho ya esa pregunta y al menos, en todo el globo aparecen intentos en formatos de tesinas y también en repositorios digitales y museos “tangibles” de memes. En esta investigación me encontré el Museo Electrónico del Meme Extraordinario y varios perfiles de Instagram que van coleccionando este valioso capital cultural efímero.

Y siguiendo con la metáfora biológica con la que iniciamos esta nota, podremos concluir que los memes son la expresión de una lengua auténticamente viva: perforaron ciertas burbujas de consumo, se abrieron a diferentes territorios y permean en diferentes generaciones y pertenencias ideológicas. En tiempos de auge conservador, donde la policía del idioma cuestiona la “desnaturalización” del uso del idioma, el lenguaje inclusivo, el uso de la “e”, y varios etcéteras, los memes ruidosamente invisibles atraviesan todo el arco de la comunicación humana, y como Michael Jackson, desde la tribuna comiendo sus palomas de maíz, miran expectantes esa batalla sin ganadores, constituidos hoy como un bien endémico de nuestra cultura. 

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Las opiniones y comentarios desarrollados en esta publicación responden a la subjetividad de lxs autorxs que participan.

MEME, ingenio popular en la narración de lo cotidiano

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¡Podés escuchar la nota acá!

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Allí, Johansen expresa con alegría latina, la fortuna popular apoyada en las tecnologías y la banda ancha que puso en problemas a la industria discográfica: la piratería. Y con ella la noción de que los productos de las industrias culturales, películas, discos, libros, estaban al alcance de la mano, en la calle, en el kiosco y en The Pirate Bay.

Descargar, copiar y pegar, copiar y pegar, copiar y pegar, así, hasta el infinito y sin la pérdida de calidad del mundo analógico. Por esos años también proliferó en el mundo del arte y la cultura una necesaria reinvención de los oficios, sobre todo en materia financiera. En las academias se acaloraba el debate sobre el copyright vs copyleft; y emergían proyectos de financiación colectiva que sacudían los paradigmas tradicionales.  Y mientras el mundo se desplomaba (otra vez) con una crisis financiera global con epicentro en Wall Street, corrían entre los cables interoceánicos líneas y líneas de código para fabricar una nueva moneda capaz de eludir la megaestructura financiera, una moneda digital: el BitCoin

Bien, esa tecnología, instaló en estos días un nuevo verbo en el mundillo del arte que está haciendo furor y no sabemos si es otra burbuja (que no sabemos si explota en algún momento) o si realmente es fenómeno revolucionario. Muches artistas están tokenizando, le están añadiendo una única firma digital a sus obras digitales que pueden ser ilustraciones, sonidos, videos, cuadros, memes, todo aquello que tenga un píxel o un bit, y no sólo ello, las están vendiendo en el mercado internacional a cambio de cripto monedas. Y con ello otro sustantivo: Cripto Arte

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Trabajo realizado por la estudiante de IUPA, Delia Susana Zabala.

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¿Cripto qué?

Para entender de qué viene todo esto sería bueno empezar a entender de qué  se trata todo esto del mundo criptográfico, las cripto monedas, los tokens y demás términos que merodean en toda esta nube de conceptos. Haremos el intento. Vamos.

Básicamente las criptomonedas son monedas digitales, cuyo respaldo de valor está puesto en la creación de escasez artificial. Sí, hay por definición, de antemano, la creación de un número finito de monedas en el mercado y es, lo que en principio, se constituye como fuente de valor. Luego toda esta suerte de fiebre de corredor de bolsa de valores, donde compran y venden, suben y bajan al calor de tuits y rumores libertarios, tiene más que ver con la carrera por consolidarse entre las favoritas de los usuarios. Se estima que hay más de 8 mil  criptomonedas buscando su lugar en el mundo y todas le siguieron a BitCoin porque su creador, bajo el pseudónimo de Satoshi Nakamoto (no sabemos hoy si es un tipo o un equipo de trabajo), la desarrolló allá por 2008 con código de fuente abierta.

La receta de la cripto es pública. Pero, el Bitcoin, ciertamente es la moneda más popular,  y dispone de 20 millones de unidades, de los cuales se han  minado el 90%, restan poco menos de 2 millones para cerrar la fábrica. Y hablamos de fábrica, porque básicamente, cual si fueran billetes que se imprimen, aquí se calcula cada unidad -que es única e irrepetible- y se eyecta al mercado. A diferencia de las monedas tradicionales cuyo valor está respaldado por otros activos como el oro, o reservas en los bancos centrales, por ejemplo, las cripto están respaldadas por cálculos matemáticos. Allí es donde aparecen los “mineros”, usuarios comunes o verdaderas pymes que se ocupan de disponer de sus fierros para el cálculo. Una red global, abierta y descentralizada fuera de la órbita de los bancos es la que se dispone para que ello suceda, para que los “mineros” hagan su trabajo. La tecnología que lo posibilita se llama BlockChain, una suerte de escribano omnisciente en formato software, que va certificando de manera encriptada (segura) esas operaciones de cálculo para luego emitir monedas. Según coinciden divulgadores especializados, el BlockChain puede entenderse como un libro abierto, público y distribuido que registra todas las transacciones efectuadas entre dos usuarios, de una manera permanente y verificable. En este caso este dispositivo intangible, se emplea para fabricar criptomonedas pero también para certificar las transacciones que suceden después con ellas, cuando se mercadea.

Se llama cadena de bloques en español, porque ciertamente, cada vez que se añade una capa de información (un nuevo bloque en este caso) a un activo digital, se valida por toda la red y se sella para siempre.

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Trabajo realizado por la estudiante de IUPA, Ana Laura Farías.

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Pero como les decía, para todo eso es necesario un buen poder de procesamiento computacional y el respaldo está dado por esa red abierta y descentralizada de usuarios, que decíamos, son ellos quienes disponen sus computadoras para calcular el número único de cada unidad o fragmento de la divisa. A cambio de ello les vuelven algunos dólares o bitcoins. Ahí está la zanahoria. De allí es que se ha disparado el precio mundial y también la escasez  de placas de video, dado que usuarios de todos lados, se suman al cálculo desde sus hogares en virtud de hacerse de unos morlacos. Así como tu vecino o vecina han hecho de algunos dólares quemando placas de video; también han proliferado verdaderas granjas de cálculo, galpones repletos de estantes, computadoras y aires acondicionados para enfriar el ambiente para que la maquinaria minera trabaje 24/7.

¿La idea detrás? Validar procesos, producir y vender criptos para el mercado o bien como reserva de valor. El fenómeno tiene tanto impacto que se está poniendo en cuestión el hasta hoy virtuoso mundo de las cripto, ese que desafía al monopolio de los bancos tradicionales. Y la clave es ecológica, porque tiene que ver con el consumo eléctrico y cómo se produce. Las cripto consumen a diario lo mismo que toda la matriz energética de Argentina, 121 TeraWatts por hora. ¿Ciento veintiún teraguats, ciento veintiún teraguats…? diría el Doc Emmet Brown. Monstruoso, considerando que otras operaciones digitales que también dejan huella de carbono como las transacciones de la tarjeta Visa en todo el mundo, el envío de correo electrónico o les niñes clavándose varias horas de Youtube o Twich. Los datos se desprenden de un estudio de la Universidad de Cambridge que pueden ver aquí.  Sorprende.

  • Hey, capo, todo bien pero hasta ahora nada de arte. 
  • Cierto, pero falta. 

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Los tokens no fungibles y el cripto arte. 

Como si el tema de las criptomonedas no fuera suficiente, aquí vienen los tokens. Hay quienes ya lo conocen de aplicaciones bancarias o de sistemas de salud. Pero veamos cómo roza el mercado del arte. Aquí está el impacto. 

Resulta que bajo el empleo de la misma tecnología de BlockChain para certificar monedas, también se pueden certificar obras, particularmente de arte digital. 

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¿Y qué es una obra de arte digital? 

Toda pieza concebida con herramientas digitales, por procesos computacionales: una foto digital, una ilustración, un videojuego, video, una escultura modelada con software 3D, y varios etcéteras. Y como te imaginás, este universo de artistas digitales que se constituyó también con las bondades de la cultura digital que propiciaba la copia, el remix, los mashups, también estuvo marginada hasta ahora del mercadeo de las obras tangibles. Ciertamente no podían vender algo que podían copiar, hackear. Sin embargo con el advenimiento de estas nuevas tecnologías, explotó este año la venta de obras.  Los artistas digitales ahora pueden firmar con un token su obra, y garantizar autenticidad, con ello asegurar al propietario comprador ser el único poseedor.  Este fenómeno es definido por la prensa como Cripto Arte, no porque la criptografía sea un soporte, una herramienta o técnica que estimule la producción artística. No, lejos de ello tiene que ver con la venta y distribución. Las obras son digitales y se venden porque están encriptadas, ahora son únicas.  

El 12 de abril de 2021 Pak, un artista digital del que se desconoce su verdadera identidad, tokenizó un pixel y lo subastó bajo el título The Pixel por más de un millón de dólares, o su equivalente en cripto moneda. Sí, vendió un píxel, un bloque de color gris, la mínima unidad de luz que ilumina tu pantalla, quizás el puntito del a “i”.

Del mismo modo, Zoe Roth, una joven estadounidense que monetizó el estigma de haberse constituido involuntariamente en un meme muy popular. Zoe autenticó/tokenizó y vendió por cerca del medio millón de dólares, su foto original, aquella que la tiene como una niña que mira a cámara con aires de venganza, mientras detrás una casa arde a la vista de los bomberos. 

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Una locura, ¿no? Quizás sea tan burbuja, tan “encriptado” como el mundo del arte contemporáneo. Pero hay algo de toda esta incandescencia que puede abrir algunos caminos. En el mercado del arte, en el oficio de los y las artistas digitales que hasta el momento se resignaban a la cultura del copy paste, ahora encuentran con los tokens no fungibles un modo genuino de autenticar sus obras y, sobre todo, venderlas. Así como las cripto monedas desafían las superestructuras, corren por la periferia  al  imperio financiero de los bancos e imponen una regulación más abierta, los y las artistas quizás puedan encontrar en esta tecnología nuevas oportunidades. Mientras todavía se quema carbón en una caldera para producir electricidad para el Blockchain, un nuevo paradigma de comercialización y distribución asoma.

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Todo está por verse. 


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Si quedaste tokenizade, acá tenés más cripto:

  • Si querés saber más sobre la temática criptomonedas, podés seguir a bitcoinargentina.org y en Twitter a @BitcoinAr, una ONG argentina que promueve y divulga sobre el uso descentralizado de la tecnología. 
  • Otraferia.com Seguilos como @otraferiadearte en Instagram. Una feria de arte contemporáneo de modo contemporáneo. ¿Por qué?, porque la venta de sus obras es exclusiva por criptos. 

Las opiniones y comentarios desarrollados en esta publicación responden a la subjetividad de lxs autorxs que participan.

Cripto Arte: “Me gusta mucho lo que hacés, me lo bajaré en mp3”

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Aunque ya tiene algo de recorrido y quizás no te resuene a novedad, podemos decir que el último año ha experimentado una explosión, tanto desde el consumo como -y aquí lo interesante- desde la producción. En tiempos donde sobran los estímulos para los ojos, los oídos encuentran una nueva primavera para la imagen sonora.

Los Podcast son piezas sonoras que pueden durar de 5 minutos a 3 horas; se publican con cierta periodicidad (diaria, semanal, quincenal o temporadas completas) en diferentes plataformas y suelen abordar temas con especificidad, de nicho. Están lejos del magazine, el formato tradicional de la radio en vivo. Al contrario, prevalece el formato de pocos oradores o incluso uno solo, acompañado de una producción cuidada. Insisto, hay enfoque, interés genuino de los realizadores por las temáticas que allí exponen. Encuentro allí una de las claves de su éxito: la motivación que cautiva. Lo cierto es que hay podcasts de actualidad informativa, pero abundan también de ciencia y tecnología, de historia, cine, música, literatura, estilo de vida, idioma, viajes, e incluso astrología. Lo que te imagines. Hay cierta predominancia, al menos por estos lares, de productores independientes, más atentos a establecer conversaciones de interés, conectar con sus audiencias, que pensar en retornos económicos, aunque claro sí los hay también. Y los modos de financiamiento van por el sponsoreo de firmas comerciales, instituciones o el famoso modelo de crowdfunding donde los propios usuarios, la comunidad de oyentes son los partners financieros.

Desde el auge de las plataformas, la radiofonía tradicional fue encontrando en los servicios a demanda externos y propios, nuevas maneras de relacionarse con sus audiencias. La escucha asincrónica de programas de radio se convirtió en un hábito como es el ejemplo de RadioCut la plataforma argentina que tiene servicios en todo el globo. Pensemos en el programa de culto de la Venganza Será Terrible de Alejandro Dolina, que ya cursa más de 35 años en el medio y unos de los pocos en renovar y refrescar generacionalmente su público. En los 90´s y 00’s las audiciones circulaban gracias a su público fiel, sus “fans”, en casetes grabados primero y luego en sitios no oficiales como Venganzas del Pasado para su descarga en mp3. Y si bien el célebre programa, un formato no usual en la radiofonía en general, jamás fue concebido como podcast, tiene algo de su espíritu. Hoy, en los servicios a demanda, La Venganza… comparte clics de reproducción con el canal de su firma emisora oficial y con el de la comunidad de fans lo que coloca a la audición todas las semanas en las tendencias principales argentinas de podcast en Spotify. También muchos programas de la radiofonía tradicional AM y FM se han volcado a publicar sus contenidos en formato podcast. Si bien no todas son producciones exclusivas, seriadas o concebidas como tales, sí elevan momentos del programa que tienen un valor más perdurable que lo que provee la voracidad del aquí y ahora del vivo de la radio. 

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Según el sitio de la comunidad podcastera latinoamericana podcasteros.com, sus últimos relevamientos dan cuenta de que  Colombia, España y Argentina son los países más podcasteros de habla hispana.

En tanto que para los portales digitales de noticias, en el mandato de reinventarse, también encontraron en la narrativa del podcast un nuevo contrato con sus audiencias, en su peldaño más joven. Resúmenes de noticias y análisis, son los contenidos más recurrentes, pero también puede haber un poco más. El caso de La Nación Podcast es lo sobresaliente, sobre todo lo producido por la productora argentina de contenidos, especializada en podcast, Posta FM que produce y comercializa la producción de contenidos para otras firmas. De hecho conocemos a Posta por oírlo en producciones de Revista Anfibia para UNSam. Todo lo que está allí merece poner la oreja. En la región el panorama es menos generoso, hay poco volumen, periodicidad y mucho recorte periodístico, pero no producciones dedicadas. Y las aventuras radiales de los diarios más influyentes son, en exceso, lúgubres y poco convocantes. Podríamos arriesgar que la emisora universitaria Radio IUPA con sus incipientes dos años es la más podcastera de la región, aunque aún persigue en el curso de dos años de existencia, la construcción de una audiencia más fiel y diversa. Y la clave está puesta ahora en los podcasts según sus productores.

En 2004 se acuña por primera vez el término desde la prensa inglesa, se trata nada más de una contracción entre el nombre del IPod (Pod por Public on demand o a demanda del público en español), el dispositivo que logró posicionar a Apple como una de las marca globales más valiosas en el nuevo escenario de la convergencia digital, y la palabra Broadcast, que en inglés refiere a transmisión, de allí PodCast. Luego vendrían el revolucionario IPhone, los IPads y toda una secuencia familiar de dispositivos de la manzanita de Steve Jobs. En simultáneo la plataforma ITunes no sólo se involucraría con la industria de la música apostando al modelo de negocio por suscripción que hoy ya nos resulta familiar. En aquel momento el fantasma de Napster y la piratería global eran trending topic. Y allí Apple, aparte de la música, también apuesta en el mercado anglosajón por el formato Podcast, que como imaginarán, tuvo un éxito inmediato. En los países periféricos, más resignados a la cultura de la piratería, todavía debíamos aguardar bastante más por la disponibilidad de servicios a demanda a costes razonables, y consecuentemente, la explosión del podcast hispanoparlante resultó ser un fenómeno más reciente. 

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Por los mismos años la red de redes sufrió una transformación muy significativa, que es como la conocemos hoy, mutó al 2.0, brindando infraestructura para el reposo y colonización de nuestras vidas cotidianas a las plataformas que ahora permiten la interacción y otorgan mayor protagonismo a los usuarios. Hablamos claro, de plataformas sociales como Facebook, Twitter, Instagram, pero también pensemos en Wikipedia, los Blogs, YouTube, entre tantas otras que ahora se vienen a tu mente. Lo cierto es que la posición del usuario de Internet también adquirió una doble entidad, la de consumidor y la de creador de contenidos, llamados también prosumidores. Eso fue significativo. Desde entonces la curva de consultas en los buscadores más populares no ha parado de crecer, unos tantos buscando qué hay de nuevo para escuchar y otros, interesados en la manufactura personal. Sí, gente pensando “yo quiero hacer mi propio podcast”. En abril de 2020, en pleno apogeo de la pandemia global por el Sars Cov 19, el término podcast alcanzó las cien millones de consultas. De allí que ya no es considerada una tímida tendencia, sino que se ha constituido en un factor de interés para las plataformas sociales on demand, estrellas contemporáneas en la provisión de contenidos digitales como Spotify, ITunes, Youtube Music o incluso Google Podcast y recientemente Amazon. Sí, donde hay usuarios fervorosos, atención humana, hay guita, y es regla. 

Para entender el fenómeno podcast también es necesario pensar en otros factores tecnológicos, como el que mencionamos recién de la red 2.0. Gravitan en ese ecosistema la aparición de las redes móviles 3G, 4G (próximamente 5G), la popularización de los smartphones (que también le debemos a Steve Jobs con su iphone en 2007) y con ellos la portabilidad y la consagración del usuario, ahora con autonomía para el consumo urbano. Y pensemos un poco en ellos, en los usuarios, o en nosotros mismos -que también lo somos- en cómo esas tecnologías modificaron nuestros hábitos de consumo. La portabilidad y la disponibilidad de contenidos de modo on line y off line abrieron el camino. En simultáneo asistimos al declive de publicaciones editoriales de actualidad y especializadas,  los medios tradicionales en crisis viendo que la porción favorita de la torta publicitaria pasó a la mesa de las plataformas; y encima con las nuevas generaciones excluyéndose de las propaladoras unidireccionales. 

El mundo podcast definitivamente dio provecho a ese territorio fértil: tecnología en miniatura, coste, portabilidad y por el otro lado usuarios (públicos hipersegmentados) ávidos de contenidos de su interés. Hoy el tránsito urbano en medios de transporte público, el recorrido en bici, el camino de a pie al trabajo o los propios runners y bikers en los parques y espacios abiertos a la aventura; incluso los viajeros en una ruta inhóspita, o quien prepara una cena o le toca el lavado de platos, todos encuentran compañía y entretenimiento ajustado a sus intereses y necesidades gracias a los podcasts. Y no sólo están poniendo el oído a un mundo narrado que se abre, ahora también se están animando a poner sus voces. Así es el mundo podcast. 

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Las opiniones y comentarios desarrollados en esta publicación responden a la subjetividad de lxs autorxs que participan.

Mundo podcast: la radio y las historias en todos lados

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