La luz que ha visto todo, o casi todo, no me ha visto a mi.

Manuel García, cantautor chileno.

Luz y Guillermo. A mis padres, migrantes, todo mi amor. 

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Pero toda comunidad necesita un borde, un margen entre nosotros y los otros, como si -en esencia- fuera aquello posible.

En esos bordes ocurren desplazamientos, expulsiones, hibridaciones y formas de vida. Un paria vive en ese borde; como el sol, no tiene raíz visible para nadie más que su memoria. 

La figura del paria aparece ahí: no en el gesto heroico del que se va, sino en la fractura de aquel a quien el mundo le fue retirado de debajo de los pies. El paria no es solamente el que llega de otro lugar. Es quien ha perdido el derecho elemental a que su presencia sea significativa. Carece de un espacio donde su historia importe.

La escoria no existe por sí misma. Se produce. Se produce cuando una vida deja de ser narrable dentro del relato común.

Según la RAE, el paria se define como una “persona excluida de las ventajas de que gozan las demás, incluso del trato”.

Hay una violencia eficaz que no necesita insulto ni expulsión: opera por suposición. En un aula, en una oficina, en una mesa de domingo donde se dice “nosotros” sin preguntar quiénes quedan incluidos en ese plural. Se asume un mismo territorio, una misma memoria, una misma procedencia. El error no está en creer que somos iguales; sino en creer que lo común es homogéneo.

Ese sentido común, tan cómodo como silencioso, aplana las biografías. El paria no es señalado; es borrado. No se le pregunta de dónde viene porque la pregunta abriría una grieta en la ficción de unidad. Y lo que no se pregunta no existe.

El paria aprende rápido las cosas. Aprende a escuchar antes de hablar. Aprende los nombres de las calles, las fechas patrias, los chistes, el himno nacional. Incorpora el relato del lugar como supervivencia. 

En Sous le ciel d’AliceBajo los cielos del Líbano— hay una mujer que llega a un país atravesado por tensiones que no son las suyas y, sin embargo, la alcanzan. Ensaya maneras de estar, calibra su voz, mide sus palabras. Guarda su historia en sus pliegues. La adaptación es un ejercicio de equilibrio, no es una celebración multicultural. El territorio tiene reglas no escritas, y quien llega debe leerlas antes de poder existir sin fricción.

Cuando una vida no está sostenida por redes —familiares, simbólicas, políticas— se vuelve precaria incluso en los espacios más cotidianos. La precariedad además de económica; es narrativa.

Algo de esto se ve en Nomadland, película dirigida por Chloé Zhao. Hay una mujer que abandona su pueblo cuando el trabajo desaparece y la comunidad se desarma. Deja de pertenecer a un lugar que ya no puede sostenerla. Se vuelve nómada, recorre rutas, estacionamientos, campamentos temporales. El deseo se dirige a una vitalidad en busca de la reparación del duelo, porque el suelo dejó de existir bajo sus pies. 

Hay muertes que detienen ciudades y otras que apenas ocupan una estadística. No es una diferencia biológica; es una diferencia política. Al paria no se lo llora públicamente; en el mejor de los casos se lo administra. Que aprenda de los nuevos, o que se vaya. 

Y esta escena contiene una paradoja: quien migra, sostiene el mundo, que a su vez, no lo sostiene a él. Trabaja, cuida, limpia, construye, llora, extraña, ama, mira el mapa muchas veces al día. Aprende la historia de otros. Se le exige adaptación, gratitud, silencio. Se le pide que no moleste con su pasado. Hay, allí, una sensibilidad que no conmueve.

Pero la memoria no es fija. La memoria se mueve con el cuerpo. No pertenece a un suelo; pertenece a una experiencia. Cuando no hay comunidad que la reciba, la memoria circula. 

En Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg** narra el exilio como una vida en suspenso, hecha de detalles domésticos y miedo político. La memoria no es un archivo ordenado a desempolvar. Es un río que corre entre el ejercicio del recuerdo —como forma de dar existencia a aquello que ya no forma parte del escenario actual— y, desde allí, la creación de un mundo propio, nuevo o reciclado. El exilio desancla el pasado. 

El movimiento mundial de migración quizá incómoda porque trae memorias que no estaban previstas. Rompe la ilusión de un territorio cerrado sobre sí mismo. Evidencia que la pertenencia es una construcción frágil, sostenida más por acuerdos tácitos que por verdades profundas. En términos de la distinción propuesta por Horacio Capel (2016)) entre espacio y territorio, esa incomodidad puede comprenderse con mayor precisión: el territorio no es simplemente un espacio físico, sino un espacio apropiado, delimitado y organizado por relaciones de poder. En esa medida, la migración no solo atraviesa fronteras geográficas, sino que tensiona las formas de apropiación que convierten el espacio en territorio, poniendo en evidencia el carácter construido —y por ello inestable— de toda delimitación y pertenencia.

El paria no es el que llega de afuera. Es el que queda afuera ya estando adentro.  Sin embargo, moverse sigue siendo una forma de insistir y resistir. Ninguna vida debería necesitar permiso para ser narrada. El derecho a existir no termina en las fronteras. Moverse no es traicionar un origen. El origen se mueve con los cuerpos. 

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MEMORIAS 

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Que allá en mi población la noche es un poema.

Que mi patio, mis amigos, las estrellas. Están en mí.

La gran capital. Manuel García

Hay quienes creen que la memoria pertenece a la tierra, como si se anclara a las cosas materiales. Como si recordar fuese una forma de ir a la quietud del objeto.

La memoria viaja en el cuerpo, en los gestos, en los silencios. Emerge en la forma de cortar el pan, preparar una sopa, en un nombre mal pronunciado que igual responde. La memoria no necesita permiso para cruzar fronteras. Se desplaza incluso cuando el cuerpo intenta adaptarse.

Lo que se rompe al migrar no es la memoria. Es, en última instancia el marco que la sostenía.

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Accumulation – Searching for the Destination (2014). Instalación de Chiharu Shiota.

Hay vidas que, al desplazarse, pierden el suelo simbólico que las hacía inteligibles. Lo que en un territorio era historia, en otro se vuelve anécdota. Lo que era duelo compartido, se transforma en dato irrelevante. La experiencia se descontextualiza. El dolor pierde testigos. Y una vida sin testigos es una vida que corre el riesgo de no ser llorada.

No todas las pérdidas detienen el mundo. Algunas apenas lo rozan. Hay muertes que se nombran con solemnidad y otras que se contabilizan. Es una diferencia de marco. Una diferencia en la manera en que una comunidad decide qué vidas cuentan como propias.

El migrante habita la fisura. Vive en el espacio donde la memoria todavía no es reconocida como memoria colectiva. Puede amar en otra tierra, pero ese amor no siempre es leído como parte del “nosotros”. Puede sufrir, pero su sufrimiento no siempre organiza comunidad, de hecho, casi nunca organiza comunidad. 

La escritora y filósofa Judith Butler (2004) escribe que no todas las vidas son igualmente “llorables”. Que algunas muertes constituyen un escándalo público mientras otras no logran interrumpir el curso normal del día. No es que unas duelan menos. Es que el marco social decide cuáles cuentan como vidas plenamente reconocibles.

Cuando una vida no es llorable, su precariedad se normaliza. Se espera que agradezca la posibilidad de estar. Que no reclame demasiado. Que no incomode con su historia, es decir, consigo. Que no recuerde en voz alta aquello que el nuevo territorio no comparte, se amplifica si además quien migra no es un varón, blanco, universitario for export

El paria suspende redes afectivas, es colocado fuera del encuadre donde su vida sería inmediatamente reconocible como valiosa. Su memoria trabaja como una corriente subterránea que erosiona las fronteras simbólicas.

Moverse no es únicamente desplazarse en el espacio. Es transportar historias. Traemos con nosotros muertos, canciones, miedos, sensibilidades e ilusiones.

Bajo el mismo cielo

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Zafia junto a sus nietos en el campo de tránsito para personas refugiadas en Idomeni, frontera entre Grecia y Macedonia.  Pablo Tosco

Vivimos en un mundo que se mueve a una velocidad inédita y, al mismo tiempo, levanta muros con una obsesión carnicera. Se globalizan los mercados, las imágenes, las mercancías. Se endurecen las fronteras para los cuerpos.

Es verdad que no vivimos el mismo régimen de persecución que otros territorios, pero compartimos algo sutil: la velocidad. La opinión inmediata. La sospecha automática. La simplificación y el silencio. 

El paria contemporáneo no siempre vive fuera de la ley. A veces vive dentro de ella, pero bajo una lupa constante, a la sombra de la pregunta permanente de si pertenece, advertido -tácitamente- de que su estadía es condicional. De cuáles son sus intenciones, de qué está hecho. 

En tiempos donde todo se acelera, detenerse a mirar al otro se vuelve un gesto contracultural. Mirar como quien reconoce. No como quien clasifica, tampoco como quien diagnostica. 

Somos nombrados en abstracto “los migrantes”, “los que vienen”, “los que ocupan”. Y en ese plural se pierden nuestros rostros.

Detenerse es romper esa inercia.

Es preguntarse qué historias circulan junto a nosotros sin haber sido escuchadas. Es advertir que la memoria del otro no amenaza la propia, la expande. Lo común no se empobrece cuando se amplía.

Si producimos bordes inevitablemente, entonces también podemos pensar de qué manera dibujamos esos bordes. Podemos reconocer que nadie es extranjero en su propia experiencia. 

El derecho a existir en otra tierra no empieza en la ley aunque esta sea un marco a defender como derecho fundamental de la humanidad. Empieza con la mirada. Con amorosidad, y ternura. Cuando dejamos de asumir que compartimos la misma historia y empezamos a preguntarla. Cuando entendemos que el otro no es una categoría sino una biografía.

Quizá la pregunta no sea quién pertenece. Quizá la pregunta sea qué tipo de comunidad queremos ser en un mundo que no dejará de moverse.

Si el siglo XXI insiste en acelerar, en clasificar, en endurecer, tal vez el gesto más radical sea ampliar el marco. Reconocer que ninguna vida es provisoria. Que ninguna memoria es intrusa. Que nadie debería necesitar demostrar su humanidad.

Moverse es humano como que el cielo es de todos. 

Reconocer al que se mueve también debería serlo.

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Mi nombre es Catalina. Escribo y leo. Miro películas. Soy migrante. Nací en la Araucanía Chilena. Soy Hija de trabajadores y nieta de campesinos. 

Catalina Saavedra – Llegué Argentina en 2004 con mi familia producto de un exilio político. Mi padre fue peón rural diez años y aprendí cosas de chacra. Estudié en la escuela 35 Cuatro Galpones. Más tarde Estudié Comunicación Social. Pero leí otras cosas, otras que no encontré en la academia. Me mudé a Buenos Aires hace cuatro años. Planeo volver. 

Arendt, H. (1943). We refugees. The Menorah Journal, 31(1), 69–77.

Arendt, H. (1951). The origins of totalitarianism. Harcourt, Brace.

Butler, J. (2004). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós.

Capel, H. (2016). Filosofía y ciencia en la geografía contemporánea. Ediciones del Serbal.

Ginzburg, N. (1962/2016). Las pequeñas virtudes. Acantilado.

Labaki, N. (Directora). (2020). Sous le ciel d’Alice (Bajo los cielos del Líbano) [Película].

Shiota, C. (2014). Accumulation – Searching for the Destination [Instalación].

Tosco, P. (2016). Zafia junto a sus nietos en el campo de tránsito para personas refugiadas en Idomeni [Fotografía].

Zhao, C. (Directora). (2020). Nomadland [Película]. Searchlight Pictures.