INTERIOR. TALLER – ATARDECER
Una habitación amplia, con estilo romántico antiguo. Molduras en el techo, muebles ornamentados. Una luz cálida ingresa por una ventana alta revelando finas partículas de polvo suspendido en el aire.
En el centro, un hombre de espaldas frente a un lienzo grande. En la sala reina el silencio, apenas interrumpido por el roce del pincel. El hombre se aleja unos pasos. Observa el lienzo, inclina la cabeza y vuelve a acercarse varias veces.
En un momento sonríe, recarga el pincel y comienza, frenéticamente, a llenar el lienzo.

EXTERIOR. CALLE – NOCHE
El hombre camina silbando, se nota su cansancio, pero su ánimo es alegre. Sus manos todavía están manchadas con pintura.
La calle está vacía, las luces de las casas apagadas. Reina un clima nocturno de final de día, de descanso. Una única ventana aparece iluminada: es el hogar de nuestro protagonista.

INTERIOR. CASA – COCINA – NOCHE
El hombre ingresa en el hogar. Vemos la mesa puesta, dos platos en su respectivo sitio, un florero con delicadas flores blancas frescas, un mantel impecable. En el centro, una olla humeante acompañada de pan cortado.
El hombre se detiene un segundo, huele el aire y sonríe. Prueba la comida de la olla al pasar y luego se dirige a las escaleras, al piso superior.

INTERIOR. DORMITORIO
El hombre entra a una habitación con luz tenue, acogedora. Deja su ropa sucia en un rincón para cambiarse. Sobre la cama lo espera una pila de ropa limpia doblada con cuidado. La cama está tendida y la ventana entreabierta. Una lámpara a un costado encendida provee un clima hogareño.

INTERIOR. COMEDOR
El hombre se sienta y comienza a comer rápidamente, solo; su hambre es notorio. El otro plato continúa vacío a su lado.
Fuera de campo, una voz pregunta:
— ¿Cómo fue hoy?
El hombre mastica y tarda unos momentos en hablar. Nadie apura su respuesta.
Luego de comer y beber por un rato empieza a hablar de su día. La cámara se queda en su rostro mientras describe la luz, el gesto, el color que por fin apareció.

Corte a negro.
Créditos.
La gente aplaude: el artista ha logrado completar su obra maestra.

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Durante siglos, la historia del arte se detuvo exactamente en ese plano: el rostro del artista hablando de su obra, el público que aclama. Todo lo demás quedó fuera de campo. La cena aparece servida, la ropa limpia, la casa en orden. Como si esas tareas se realizaran solas. Como si la creación ocurriera en una zona liberada de lo doméstico.

Hace algunos años, Katrine Marçal (2015) se preguntaba: ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? El padre de la economía moderna sostenía que el mercado se regulaba por una mano invisible: la oferta y la demanda garantizarían la armonía social. Sin embargo, su teoría omitía otra mano invisible, más concreta: la que sostiene, cuida y cocina de forma gratuita, permitiendo que otros escriban, dibujen, cobren. Adam Smith vivía con su madre. Eso que llaman amor es trabajo no pago, diríamos las feministas.

La economía no fue el único relato que necesitó olvidar esa mano. También el arte moderno se construyó sobre la fantasía de la autosuficiencia. La figura del genio artístico —solitario, excepcional, arrebatado por la inspiración— supone un sujeto liberado de las tareas ordinarias de la vida. Como si los artistas no tuvieran que hacer la fila en el banco, acostar a sus hijos o lavar los platos.

Este olvido no es ingenuo, es la base que permitió construir un campo artístico donde las mujeres y disidencias fueron históricamente expulsadas del canon y de los museos. Linda Nochlin (1971) se pregunta: ¿Por qué no ha habido grandes artistas mujeres? 

Si bien en la antigüedad el acceso a la educación en general – y artística en particular- estaba vedado a las mujeres, la situación no ha cambiado tanto. 

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En la actualidad no se nos niega, necesariamente, la creatividad, sino que se nos asigna un tipo específico de creatividad en la cual movernos. El arte textil, la cerámica, el bordado aparecen como desplazamientos de lo femenino hogareño para convertirse en el ámbito donde las mujeres hemos ido construyendo, en los márgenes, la resistencia artística (Giunta, 2015). 

Pero además, existe otro ámbito donde las mujeres ejercemos, casi por exclusividad: la docencia. En Argentina, alrededor del 80% del cuerpo docente en el nivel inicial y primario está compuesto por mujeres. No es un dato casual. Como señala Graciela Morgade (2011), la enseñanza se construyó históricamente como una prolongación de la función materna en el espacio público: cuidar, acompañar, contener. Enseñar es una vocación, una entrega, todas formas que precarizan, nuevamente, la función de cuidado.

Estos sesgos de género no solo han escrito una historia dominada por los hombres, sino que además han determinado que puede ser llamado arte. Aquello que se vincula con el cuidado —enseñar, decorar, bordar— rara vez alcanza el estatuto de genio. Y es que el sexismo, expresado en la división sexual del trabajo, también organizó el mapa del arte. Decidió quién firmaba y quién quedaba en el margen, quién podía dedicar su tiempo a perfeccionar una obra y quién debía sostener las condiciones para que esa obra existiera. Durante siglos, el nombre propio fue un privilegio masculino.

El objetivo de este ensayo no es cancelar a los grandes artistas ni borrarlos de la historia del arte, sino ampliar el encuadre. Nombrar aquello que durante siglos permaneció fuera de campo. Mover la cámara, aunque sea por un momento, hacia lo cotidiano, lo sutil, la trama que sostiene y posibilita. Preguntar qué historia del arte tendríamos hoy y cual queremos seguir construyendo a futuro.

Mi abuelo era el sastre del pueblo, mi abuela la que le cosía los calzones. Hoy quisiera dedicarle este ensayo a ella, que sin ser feminista crio una hija y una nieta que nunca pararon de luchar.

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Guillermina Berto. Docente. Magíster en Género, sociedad y políticas. Un día leí sobre feminismo y ya no pude parar.

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