Sufragistas

Por: Ezequiel Epifanio

¿Qué es una cosa? Algo con identidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, concreta, abstracta o virtual. Desde una gorra a un rezo. Desde una piedra a un mouse. Una carta, un afecto, un código. Una cosa es un objeto inanimado, por oposición a ser viviente. También puede ser un asunto, un tema, un negocio. No importa demasiado qué son las cosas, importa qué hacemos con ellas. O también, qué hacen ellas con nosotros.

En 1817 el barón alemán Karl Ludwig Drais creó la máquina andante, también conocida como la draisiana. Una especie de carrito con dos ruedas en fila y un manillar. La persona se impulsaba alternando sus dos pies. Este es el primer antecedente de la bicicleta. En 1839 un herrero escocés de apellido Macmillan construyó la primera bicicleta con pedales. Años más tarde, más precisamente en 1861, el francés Pierre Michaux incorporó esos pedales a la rueda delantera, lo que resultó un tanto complicado porque era difícil mantener el equilibrio. Quien quiso solucionar esto fue el inglés James Starley, haciendo la rueda delantera bastante más grande que la trasera. La típica y famosa bicicleta de la época victoriana. Fue otro Starley, no James, sino John, quien en 1885 presentó la bicicleta moderna, conocida también como bicicleta de seguridad. Era muy parecida a la que usamos actualmente. Tenía frenos, cadena a la rueda trasera, más cómoda y lo más importante: más pequeña. O sea, que si te caías el golpe era menor. Cinco años después otro John, otro escocés, John Dunlop inventó una cámara de tela con caucho que se podía inflar con aire. La cubierta era también de caucho para evitar pinchazos. A partir de ahí, esta cosa llamada bicicleta no cambió tanto. Lo que sí fue cambiando fueron sus conductores, porque no siempre todo el mundo la podía usar.

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En un principio no fue fácil para la mujer montar en bicicleta, estaba mal visto. En la prensa y en la opinión pública se escuchaban y leían cosas como: “Lamentamos ver cómo el ciclismo ha hecho que las mujeres se hayan olvidado de su propio autorrespeto y se exhiban públicamente”. “Antes pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea”. “Lo peor que he visto en mi vida es una mujer montando en bicicleta, podría hacerle la vida imposible a mi futura nuera si esta demuestra la más mínima inclinación por el ciclismo”. Esta última frase la dijo una corresponsal de un diario de Chicago.

En serio que la pasaban mal, las agredían, insultaban, les tiraban piedras. Pero algunas se animaban. Por otra parte, médicos de la época victoriana, periodo británico marcado por el industrialismo y el rigor moral, dijeron que andar en bicicleta podría traer consecuencias negativas para la mujer como problemas nerviosos y esterilidad. Y otro dato: a medida que se fue popularizando el uso entre el sexo femenino, se inventó el asiento higiénico ya que se creía que la mujer podía “disfrutar en exceso al andar en bicicleta”. Cruzando el canal de la Mancha, en Francia, explotaba la Belle Époque y se expandía al resto del continente. Este periodo, marcado por el lujo y la liberación de la burguesía, ayudó a que las mujeres se animen a pedalear, pero el problema era que las bicicletas eran caras, entonces quienes dieron las primeras pedaleadas fueron las mujeres de las clases más altas. Estas francesas comenzaron a sentir libertad en esta movilidad y sobre todo empezaron a salir de su encierro en las casas. Varias referentes empezaron a mostrarse trasladándose en sus bicicletas y esto fue clave. Un punto de inflexión fue el desafío de dos hombres que aceptó la periodista Annie Cohen Kopchovsky. Si daba la vuelta al mundo en bicicleta ganaría 5000 dólares. Kopchovsky salió de Boston y regresó quince meses después, vencedora, utilizando pantalones bombachos y convertida en una luchadora por los derechos de la mujer, sobre todo el de andar en bicicleta. Fue la activista Amelia Bloomer quien promovió el uso de los pantalones bombachos para montar en bici. Tal fue el escándalo que se utilizaba la expresión “usar un Bloomer” para referirse a hacer el ridículo. Se les ha prohibido a profesoras ir a dar clases o a mujeres de la alta alcurnia entrar a las cafeterías vistiendo esta prenda. Las preferían dentro de esos vestidos inmensos y pesados que dificultaban o hacían imposible la movilidad.

Poco a poco se fue aceptando la imagen de las mujeres arriba de sus bicicletas. Sin embargo, la subestimación era constante. Un diario de Nueva York sacó esta lista de recomendaciones destinadas a las ciclistas: No te desmayes. No uses gorro de hombre. No rechaces ayuda cuesta arriba. No mastiques chicle. No uses la jerga de la bicicleta, deja eso a los chicos.

Pero la ola fue imparable, las bicicletas eran cada vez más accesibles y se popularizaron. Nacieron clubes que ofrecían acompañamiento femenino para montar en grupos y así no sufrir el acoso callejero. Por esa época se hizo popular un libro titulado “Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento”. En él, además de consejos de vestimenta, se daba información sobre maniobras y mantenimiento.

Más allá de la bicicleta, la lucha por los derechos de las mujeres avanzaba. En Gran Bretaña, en 1866, un grupo de mujeres se presentó ante el parlamento con una petición firmada por casi 1500 mujeres que exigían varias reformas, entre ellas el voto femenino. Nació así el movimiento de las sufragistas que con el correr de los años se fue consolidando. Su lucha no se limitaba al ámbito político; lo simbólico y la apropiación de los espacios eran factores que consideraban muy importantes. La popularización de la bicicleta fue clave para sus conquistas. Literalmente se pusieron los pantalones y empezaron a pedalear. Usaron la bicicleta como medio de divulgación de sus ideas y su lucha. Una de las sufragistas, la escritora Susan Anthony, escribió en 1896: “La bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa en el mundo”. Por su parte, Elizabeth Cady dijo: “La bicicleta es una herramienta que motiva a las mujeres a ganar fuerza y asumir mayores roles en la sociedad”. Una de las proclamas que más se difundió entre estas mujeres era “pedalear por el sufragio”. La bicicleta ya no era recreativa, era reivindicativa y a la vez nacía una “nueva mujer”. Se bancaron la persecución, la agresión, el destrato y hasta la cárcel. Al final hubo recompensa. En 1918 las mujeres mayores de 30 años ya podían votar, derecho que diez años después se extendió al resto de las mayores de edad. No es que sin la bicicleta el logro sufragista no hubiera sucedido, pero sí aceleró el proceso.