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Esta es la historia de una clase, una cualquiera, una más. Hay una profesora que piensa que puede compartir a sus estudiantes la materia de lo que está hecho su propio entusiasmo: la lectura y la escritura. Esa profesora piensa cosas para llevarle a sus estudiantes una vez por semana y contagiarles un virus con un único síntoma: que les piquen las manos por escribir una historia, por revisarla, por mejorarla hasta transformarla en otra cosa: un hecho estético. Así fue que un día de abril, la profesora leyó al pasar en algún lugar que se conmemoraba el 13 el día internacional del beso.

¿Cómo se cuenta un beso? ¿Por qué aparece en la literatura de todos los tiempos? Se empezó a preguntar la profesora y decidió, entonces, compartir estas inquietudes con sus estudiantes. ¿Quiénes mejor que ellos? Empezó a buscar dónde leyó de besos, quién le resonaba. Fue a su biblioteca, allí encontró libros que marcó y cerró y otros que cerró para ir a buscar algo más y volver al libro y anotar en su cuaderno de planes. Hay besos desde siempre, claro, las referencias empezaban a multiplicarse en todas las artes: música, pintura, escultura. Incluso desde antes de nuestro tiempo. La profesora eligió dos que encierran un tercero: los besos en cantidad que canta Catulo (S. I a. C.) a Lesbia, cientos, miles. Y “El primer beso del cine”, un apartado del libro Museo de beso (2024) de Andrés Gallina y Matías Moscardi que aborda “The Kiss” de William Heise, el cortometraje de 1896 que dura apenas 16 segundos.

La profesora ya tenía una mochila con besos viejos, besos nuevos, besos prestados, el tema no tenía ninguna novedad pero seguían las preguntas ¿16 segundos? ¿cuánto dura un beso? ¿aún existen la expresión robar un beso? ¿o ya es algo pasado de moda? ¿acaso la IA puede besar? Entonces hubo una tarea y un grupo pequeño decidido a completarla. Escribimos historias de besos con una única condición: nunca decir la palabra en cuestión. 

¿y ustedes? ¿han sido besados? Si la respuesta es no, lector, lectora, aquí les dejo una oportunidad, estoy segura, al terminar de leer, sentirán nuestros besos en sus tibios ojos. Pasen y lean. 

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Juan me sostenía la mirada. Había algo en la forma en que lo hacía —fijo y tenso— que delataba que no entendía dónde estaba metido. Ni quiénes eran esos tipos. Ni por qué yo no decía nada. Y era lógico: Juan no tendría que haber estado ahí. Había venido por mí, como tantas otras veces. Sin hacer preguntas.

La mesa era larga, de madera gastada. De un lado, dos hombres —después supe que les decían Pipi y Roña— jugaban al ajedrez en silencio, empujando las piezas con una lentitud que parecía ensayada, como a propósito. Entre movimiento y movimiento, el chasquido del encendedor. El humo se iba quedando en el aire, espeso, sin apuro por salir de ese pequeño cuarto.

Del otro lado estábamos nosotros. Quietos. Mudos. No por elección.

—Cierren bien el orto. No quiero una palabra —había dicho Pipi, sin levantar la vista del tablero—. Si no, tu amigo no sale de acá.

Desde entonces, Juan no habló. Yo tampoco.

El tiempo se estiró ahí adentro. Solo el roce de las piezas contra la madera, alguna tos seca, la respiración entrecortada de Juan. Hasta que se abrió la puerta del fondo. Salió un tercer hombre, uno que no había visto antes y cuyo nombre nunca supe. No dijo nada. Me señaló con la cabeza.

Roña se acercó directo a mí, me desató las manos. La cuerda me había marcado las muñecas. La sangre volvió de golpe, con un ardor que subía. Me puse de pie. Juan se movió en la silla, como si fuera a decir algo. Lo frené antes, negando con la cabeza, cerrando los ojos un segundo.

Caminé hacia él, me incliné. Apoyé mis labios sobre su frente. Sentí cómo me temblaba la barbilla.

No giré a mirarlo.

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Contacto íntimo por Lucas Palomeque

Julia y Enzo se encuentran sentados contra el respaldo de la cama. El contacto físico es total desde el torso hasta las rodillas, el brazo de Enzo rodea la cintura de Julia, mientras ella posiciona sus manos sobre la nuca de él ejerciendo una tracción leve pero constante. Mantienen el contacto visual hasta el último milímetro, ambos inclinan sus rostros en direcciones opuestas. El movimiento cesa cuando la superficie de los labios de Enzo presiona directamente contra los de Julia, no hay espacio entre ellos, la fricción de la piel es constante y la temperatura en el punto de unión aumenta rápidamente. 

Julia cierra los dedos en el cabello de Enzo, intensificando la fuerza del agarre, mientras él responde presionando sus labios con mayor firmeza, sellando cualquier salida de aire.

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Umbral por Lilén Galvan

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Este estímulo, chispazo, hormigueo que despertó el rubor de su rostro, el cerrar de sus ojos con seguridad ante el estallido de unos finos labios que cayeron sobre los suyos bajo el umbral de su puerta.

Todo esto fue recepcionado por el cerebro de Leticia. Ella tan estudiosa, apática, empírica; pudo encontrar la explicación que los libros de ciencia exponían de la sensación de adrenalina, serotonina y dopamina que solo despertó esa reacción al conectarse con él: el joven más desfachatado que irrumpió sus labios en su puerta. 

Esa puerta fue el inicio de la unión que continuó en los saludos y despedidas; con el paso de los años fue utilizado por sus hijos. Dicen que otros enamorados la utilizaron inmortalizando así la chispa que a veces la ciencia intenta explicar. 

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La expiación del deseo por Nicolás Escobar

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Aun cuando los rayos del sol atraviesan la persiana hasta la última ranura donde el sol le da forma al aire y todas esas partículas flotando adquieren sentido, ella sigue dormida. 

Como si el colchón fueran nubes de algodón que envuelven su cuerpo y esos finos hilos cobrizos que envuelven su cabeza y tapan esos zafiros azules. Como cuando riela el sol sobre las olas del mar no quieren despertar esos contornos rojos que solo me buscan a mí en las mañanas en las tardes en las noches en los abismos ¿podrían despegarse de mí algún día?

ese efímero contacto donde a mi cuerpo lo desarma y rompe toda ley: nuestras partículas se tocan, casi siento que ese roce podría romper un átomo y desestructurar la tierra aun así construiría nuestra casa donde vivirán nuestros hijos me alistaría a la guerra todo para que sus labios carmesí que componen su rostro se fusionaran con mis grietas y volvería a renacer solo para que todas las palabras que aún no se inventaron la traigan a mí y mientras en nuestro presente yo todo rendido ante cada deseo que cruce su mente, frente a su cama esperando que estas paredes grises con poco yeso aíslen las bocinas del tren que nos rodea, que el ascensor sin aceite no truene en cada piso, esperando que cada sonido sea una melodía que no la despierte, aunque lola como todas las mañanas salte sobre su cama con ese cuerpo blanco y su pelaje gris en ciertas partes que haga que se despierte… yo estaré ahí impregnado como la tierra en mis zapatillas así apenas puedas resurgir quiero que tus labios sean para mí.

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