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Hace muchos años vi Hana-bi, la película del director japonés Takeshi Kitano. La vi, creo, poco tiempo después de su estreno, a fines de los noventa. La historia sigue a Nishi, un policía marcado por distintas situaciones de pérdida y violencia, y a Horibe, un compañero que queda paralizado después de recibir un disparo y comienza a pintar durante su recuperación.

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De aquella película recuerdo especialmente sus pinturas. No esperaba encontrármelas.

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La película avanza con ritmo lento, poco diálogo, muchos silencios, gestos, miradas y pequeños acontecimientos. Kitano construye un universo muy despojado y, dentro de ese ritmo, aparecen de pronto las pinturas de Horibe. No son ajenas, forman parte de ese mismo universo y producen una interrupción, un detenerse, como si dentro de la narración se abriera por un momento una pequeña galería. Uno está mirando una película y de golpe se encuentra con una serie de pinturas. La cámara se detiene sobre ellas, hace zoom y las muestra con pausa. Hay poco que explicar y mucho para mirar. Esa pausa me produjo sorpresa y también una sensación de descubrimiento, como si hubiera encontrado un pequeño tesoro dentro de otra obra. Además, las pinturas que aparecen en la película fueron realizadas por el propio Kitano. Dentro de la ficción son las obras de Horibe, pero detrás de ellas está también la experiencia del director con la pintura. Este detalle me encantó. 

La pinturas son simples, con pocos elementos, fondos planos y composiciones despojadas que dejan todo el protagonismo en las figuras. Me interesa especialmente cómo Kitano modifica la morfología de los animales y la mezcla con elementos de otro universo, como una flor, una planta, algo suave, dócil o bello. Un león, por ejemplo, puede aparecer con una cabeza que se transforma en una flor. Esa mezcla genera un contraste extraño y sencillo a la vez. Hay algo ingenuo, incluso infantil, y justamente ahí aparece una libertad muy bella. Con el tiempo pensé que esa ingenuidad podía ser también una forma de libertad presente en cada elección, incluso en las más caprichosas de la composición. Quizás quien no está demasiado atado a determinados conocimientos o convenciones de la pintura pueda combinar elementos con menos prejuicios y dejar que aparezcan relaciones inesperadas. Puede elegir algo simplemente porque le resulta bello o porque funciona visualmente, sin tener que justificarlo demasiado. Todo esto me interesa como artista. 

Cuando vi esas pinturas por primera vez, me ayudaron a clarificar algo que yo estaba buscando en mi propio trabajo. Encontré una dirección para pensar la pintura con menos elementos, más espacio y una composición más despojada, capaz de sostenerse sin demasiadas explicaciones. Por eso las recuerdo todavía. Una película puede ser también el lugar donde alguien encuentra una pintura, y esa pintura puede modificar la mirada de quien la encuentra. En mi caso, esas imágenes quedaron asociadas a un momento de mi propia búsqueda. Me ayudaron a cerrar una idea que necesitaba comprender para mi trabajo. Para otro espectador, en cambio, el encuentro puede ser completamente diferente. Alguien sin ninguna relación con la pintura puede encontrarse simplemente con algo bello, y eso tampoco es poco.

Tal vez una de las posibilidades más interesantes del arte sea esa capacidad de continuar en quien mira, de tocar algo de su vida, de su momento y de su propia experiencia. Quizás eso sea lo que más me interesa de aquel encuentro allá por los noventa, haber descubierto una obra dentro de otra y haberme llevado algo que, muchos años después, todavía sigue trabajando en mí.

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