Sobre la obra “La voz de las hijas” de Mariana Calcumil

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En la historia una hija nace sin recordar el nombre propio, en esa búsqueda comienza a escuchar las voces de sus ancestras, La voz de las hijas es una obra teatral escrita, dirigida y actuada por Mariana Calcumil egresada del Dpto. de Arte Dramático de IUPA del Profesorado de teatro. Desde su título mismo, la pieza anuncia su propósito: dar cuerpo y palabra a una genealogía de mujeres, poniendo en escena el modo en que las voces se heredan, se transforman y se transmiten entre generaciones. Se trata de una dramaturgia conceptual, atravesada por lo simbólico, los mandatos sociales y la pregunta por la identidad, que concibe el cuerpo femenino como un territorio de inscripción, memoria y transformación. La sangre, la maternidad, el nacimiento y la parición aparecen no como temas ilustrativos, sino como experiencias materiales que organizan la subjetividad de la protagonista.

Resulta especialmente sugerente la relación, indirecta pero persistente, que la obra establece con una sensibilidad ecológica: el cuerpo de la mujer se presenta como un territorio vivo, recorrido por procesos orgánicos, fuerzas naturales y memorias ancestrales. Este aspecto se observa también en relación a las decisiones tomadas en la puesta en escena que plantea una instalación textil con materiales reciclados que componen la escenografía, un espacio pensado para la comunicación de signos, no sólo como una mera fachada. El uso de títeres y la participación activa del público al ser invitados a recorrer el espacio al finalizar la actuación refuerzan esta dimensión material y sensorial. De este modo, la puesta propone una visión en la que la vida humana no se separa de los ciclos de la materia, sino que forma parte de ellos, tejiendo un diálogo entre cuerpo, naturaleza y escena.

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La dramaturgia de Calcumil se despliega con una notable potencia poética y política, centrada en la transmisión entre generaciones de mujeres, en la experiencia del cuerpo femenino y en la construcción de la voz como espacio de emancipación. El texto organiza la acción en siete escenas —nacimiento, menarquía, ancestras, reconstrucción, polifonía, gestación y parición— que permiten leer la obra como un recorrido ritual de subjetivación y reescritura del linaje. A lo largo de ese recorrido, Hija, la protagonista, transita distintos estados corporales y afectivos que la enfrentan con preguntas sobre identidad, lenguaje, deseo, maternidad y herencia.

La pieza se sostiene, además, en una fuerte dimensión corporal y oral: la voz aparece como herencia, como resistencia y como posibilidad de transformación, mientras el cuerpo se vuelve archivo de memorias, dolores y mandatos. Las figuras de la tía, la madre, la abuela y la bisabuela, encarnadas mediante títeres de manipulación directa con técnica de teatro desdoblado, no cumplen una función meramente narrativa: dan cuerpo a distintas modulaciones de una genealogía femenina que se reescribe en escena. La escenografía, concebida como un dispositivo instalativo textil con estaciones interactivas y manipulación de títeres, amplía así el estatuto del teatro hacia una experiencia inmersiva y relacional.

Otro rasgo que distingue a la obra es la densidad de su escritura poética, donde el lenguaje se fragmenta, se repite, canta y pregunta. Esa insistencia en la interrogación no expresa una duda vacía, sino una búsqueda de verdad encarnada, situada en el cuerpo y en la memoria de las mujeres.

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"La voz de las hijas articula con claridad una perspectiva feminista y territorial, entrelazando la experiencia íntima, la memoria familiar y la crítica a los mandatos sociales."

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En definitiva, la obra propone una construcción de mundos: a través de los gestos, las formas y el desarrollo de los tiempos terrestres y cósmicos que invitan a movilizar la imaginación, el pensamiento y la materialidad, para luego fundirse e invitar al espectador a repensar el cuerpo femenino como territorio de memoria, resistencia y creación.

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