El cine y la mirada de quienes viven los conflictos sociales
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De origen francés, la película La Haine (el odio, en español) plantea representar la realidad social y política que atravesaba su país a mitad de los noventa desde la mirada de quienes participaban directamente de ella. No ha cambiado mucho desde entonces; sin embargo, la obra resulta emblemática del cine social y es un referente de la cinematografía francesa.
La pieza, dirigida por Mathieu Kassovitz, muestra un día en la vida de tres jóvenes, Vinz, SaÏd y Hubert, habitantes de los suburbios de París. Luego de una protesta devenida en batalla con la policía, un amigo queda hospitalizado en coma. Sin saber si el muchacho vivirá o no, Vinz promete matar a un policía si él muere. A lo largo de la jornada la violencia engendrada por la división social, el racismo y la discriminacion sistemática forman parte del cotidiano de los personajes. En este contexto, el único desenlace posible es una tragedia.
Si bien es una ficción, hay rasgos de similitud entre el director y el protagonista: tanto Kassovitz como Vinz (interpretado por el actor Vincent Cassel) son de origen judío. El director también vivió gran parte de su juventud en los suburbios de París conocidos como banlieues (afueras).
La película retrata dos hechos históricos de Francia, los disturbios de 1991 y 1993, donde la población de los banlieues- mayormente compuesta por inmigrantes de países árabes y africanos, ex colonias francesas-, protestaron en contra del racismo, la discriminación, el abandono gubernamental, la falta de oportunidades, el desempleo y la violencia de la policía en contra de ellos.
En ambos casos, el detonante fue la muerte -en manos de la policía- de jóvenes que provenían de estas comunidades. La violencia fue generalizada y la respuesta de las autoridades, aún más violenta, haciendo crecer la tensión y las divisiones sociales.
La secuencia inicial de la película está compuesta por imágenes de archivo reales de estos disturbios, lo que refuerza la verosimilitud del contexto social que representa.
Tales experiencias, vividas en carne propia, fueron determinantes en el desarrollo del director, tanto como persona como de su mirada artística. Esto le otorga la sensibilidad perfecta para retratar estos temas y contextos de manera realista a través de la ficción. Todo esto refuerza la teoría del autor de Robert Stam (s/f); hasta se podría argumentar que las situaciones representadas bien podrían ser anécdotas de la juventud de su director.
El estilo visual y narrativo está fuertemente influenciado por las vanguardias del neorrealismo italiano y la nouvelle vague. La película, en su totalidad, está filmada en blanco y negro; esta decisión estética cumple también una función narrativa, pues crea una visión del mundo contrastada entre luces y sombras dividida al igual que la sociedad que representa, los unos y los otros.
Los protagonistas son jóvenes marginales, presos de su realidad. No pueden escapar de ella por más que lo intenten; hay una crisis existencial donde parece no haber forma de salir de la situación en la que están. La representación de la vida y la sociedad es realista, cruda y directa; gran parte de la historia se desarrolla en exteriores y se captan de forma natural en largos planos secuencias que siguen a los personajes mientras atraviesan calles reales del centro y los suburbios de París.
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El punto de vista casi siempre es desde la subjetividad de los personajes: se fragmenta la realidad a través de breves sueños e imaginaciones de los mismos, lo cual nos hace entender sus motivaciones, deseos y estados de ánimo, aspectos humanos. Se experimenta mucho con los movimientos de cámara, evidenciando esta presencia y haciendo notar su clara intencionalidad en cada movimiento y lo que muestra.
La edición se hacer notar, siempre a favor de la subjetividad de los personajes; por ejemplo, colocando de un lado la pantalla un primer plano de Vinz y del otro lado un plano entero de un hombre matando a tiros a otro, reforzando en un solo plano la objetividad de la situación, por un lado, y la reacción subjetiva de Vinz, por el otro, con una intervención técnica muy evidente.
El final de la película es trágico y a la vez ambiguo; su estructura narrativa está anunciada desde el comienzo de la misma, cada secuencia representa una caída, en cada una de ellas la tensión crece hasta el punto en que parece que todo va a estallar y alguien va a morir.
En la Argentina se pueden encontrar muchos ejemplos de situaciones idénticas a la de la película: es el caso de Victor Choque, asesinado por la policía de Ushuaia en 1995, mientras reclamaba el pago de indemnizaciones a raíz de los despidos masivos en el contexto de desindustrialización y convertibilidad llevado adelante en la presidencia de Carlos Menem.
Ni las empresas ni el gobierno de Tierra del Fuego querían hacerse cargo de esos pagos y respondieron con represión. Hubo varias oportunidades para que la situación se resolviera pacíficamente, pero no encajaban con los intereses políticos del momento. El descontento desatendido dio inicio a un ciclo de violencia que terminó con la muerte de Victor, hecho que rompió la sociedad fueguina durante décadas y aún se recuerda vívidamente por muchos de sus habitantes.
En 1991, Walter Bulacio, un estudiante de 17 años, fue detenido sin causa junto a decenas de otros chicos mientras se dirigía a un concierto de Patricio Rey y sus Redonditos de ricota. Esto era una práctica común de la policía bonaerense llamada razia, redadas sorpresa y rápidas, un hábito heredado de los años de la última dictadura cívico-militar en Argentina, aún vigente en democracia.
En la comisaría, Walter fue torturado por la policía, golpeado, quemado. Quebraron sus huesos. Cayó en coma y 7 días después falleció en el hospital. Su caso movilizó a miles de personas para pedir justicia durante décadas y fue el hecho que impulsó la creación de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi) en la Argentina.
Estos casos particulares se encuentran entre los más emblemáticos sobre este tema, pero no son hechos aislados; forman parte de miles de casos más a lo largo de décadas solo en nuestro país, volviendo más verosímil el relato de La Haine hasta en otros continentes y culturas.
La película retrata una verdad universal; cuando los conflictos sociales quedan desatendidos y la empatía no forma parte de la ecuación, el odio y el resentimiento crecen, la sociedad se fragmenta y distintos sectores comienzan a percibirse enemigos.
La tensión aumenta hasta que inicia la violencia y la posibilidad de una resolución es cada vez más lejana. La vida de quienes conviven con tanta violencia queda en manos de la suerte y de quien esté propinando los golpes. Cuando se cruza el límite final y alguien pierde la vida, ya no se puede volver atrás. El tejido social queda desgarrado y el dolor permanecerá como un trauma en los corazones de quienes estuvieron ahí y las siguientes generaciones, perpetuando así, el ciclo de violencia.
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