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Todas las mañanas hago más o menos lo mismo. Abro las ventanas, preparo un mate y ordeno algunas cosas antes de empezar el día. La cama forma parte de la rutina diaria y su estado, al despertar, no parecía tener demasiado para decirme. Las sábanas arrugadas, la almohada aplastada y el acolchado caído al suelo pertenecían al orden de lo habitual, a esa serie de movimientos mínimos que poco llaman la atención porque conviven con nosotros
todos los días. Hace poco empecé a mirar todo eso de otra manera; ahí había muchas preguntas que me acompañan desde la infancia.

Convivo con sonambulismo desde que soy chica, un trastorno del sueño que afecta al 7% de niños entre 3 y 10 años, pero, según la Asociación de Psiquiatras Argentinos, puede persistir en la edad adulta en un porcentaje del 1.5%. Pertenecer a ese pequeño porcentaje me hace sentir muy rara y a veces al margen. Aprendí a nombrar y a conocer el trastorno a través de consultas médicas, de información que fui recabando, de relatos familiares y anécdotas repetidas tantas veces que terminaron por formar parte de una historia compartida. Sabía describir los episodios, reconocer ciertas situaciones asociadas a ellos, pero lo que no me había dado cuenta era que seguía pensando todo aquello como un acontecimiento encerrado en un momento preciso de la noche, cuando tal vez lo más complejo estaba en otra parte. Siempre renegué bastante del sonambulismo e intenté buscar la manera de corregirlo, controlarlo y entenderlo. Había algo raro e incómodo en la idea de que mi cuerpo pudiera
actuar por su cuenta mientras yo dormía. La noche dejaba de ser un tiempo de descanso y pasaba a convertirse en un territorio bastante incierto. Dormir supone una entrega absoluta. Dejamos en suspenso una parte de lo que creemos controlar. Cerramos los ojos con la confianza de que al despertar seguiremos siendo los mismos. En mi caso, esa confianza siempre tuvo cierta fragilidad. Nunca sabía del todo con qué historia me iba a encontrar a la
mañana siguiente. Podían ocurrir cosas que después conocería a través del relato de otras personas con las que convivía o mediante algunas imágenes medio piezas de rompecabezas que lograba recordar al día siguiente. Poco a poco, entendí que todo eso que me incomodaba no eran solamente los episodios nocturno, también me costaba aceptar que una parte de mi vida escapara de mi voluntad. La idea de no poder controlar el cuerpo es jodida, más todavía cuando pasa durante tantos años.

Así, armé miles de rituales para irme a dormir. Ceno liviano y -siempre que puedo- intento desconectarme de las pantallas temprano, leer algo que me haga bien o hacer algún crucigrama. A veces hago relajaciones guiadas, prendo velas e incluso, sin creer en nada, le pido a alguna fuerza superior poder dormir mejor. Mis sábanas tienen olor rico y duermo con el pelo suelto y desenredado, como decía mi abuela.


Nada de eso eliminó los episodios


Hace un tiempo empecé a sacar fotos de mi cama. No sé exactamente qué busco. Tampoco pienso esas fotografías como parte de una investigación, mucho menos en una obra. La cama es el lugar donde el trastorno comienza y también donde termina. Ahí me acuesto todas las noches. Ahí vuelvo cada mañana. Con los registros, me empezó a llamar la atención lo que queda cuando el episodio sonámbulo ya terminó. Los pliegues y arrugas de las sábanas, la
forma irregular de las almohadas, la frazada caída, el pijama desparramado. Pequeñas señales de que algo pasó y de que algo ya no está ahí.

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Estas fotografías funcionan como archivos. Hay registros visuales, textos, fechas y otros soportes. Sin embargo, cuanto más trabajo con ellos, más evidente se vuelve que no estoy juntando documentos para reconstruir un episodio sonámbulo. Si quisiera saber qué pasó durante la noche, el archivo y estos registros resultan insuficientes porque claramente siempre falta algo. La acción principal queda fuera de estas tomas, mi cuerpo está ausente. Pero sigo fotografiando y las imágenes cambiaron mi manera de pensar el sonambulismo y también el modo de pensar la experiencia. Los episodios continúan siendo importantes, pero ya no alcanzan para explicar lo que me interesa. Las preguntas aparecían en los relatos que escuchaba desde chica, en las historias que otros contaban sobre esos episodios y ahora también surgen en la cama abandonada a la mañana siguiente.

La experiencia adquiere otro sentido, porque ya no aparece únicamente asociada al momento en que algo ocurre. También tiene el peso en todo lo que se queda, se transforma o vuelve a pensarse y analizarse mucho tiempo después. Una experiencia continúa existiendo y se resignifica en la memoria, en los relatos, en los objetos o en los espacios donde tuvo lugar. En todo este proceso volví a Especies de espacios de Georges Perec. Me interesa su propuesta de observar todo lo que solemos pasar por alto o naturalizamos. La habitación, la cama o la mesa de luz dejan de ser elementos secundarios cuando la mirada se queda ahí el tiempo suficiente. Vivimos en los espacios y con los objetos sin interrogarlos demasiado y recién cuando detenemos la atención sobre ellos comienzan a revelarse de otra manera. La cama se convirtió para mí en uno de esos espacios.

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Pasamos una parte considerable de nuestras vidas sobre una cama. Dormimos, descansamos, nos enfermamos, tenemos intimidad, leemos, soñamos, atravesamos pérdidas, celebraciones y despedidas, reflexionamos y tomamos decisiones importantes ahí, pero pocas veces la miramos con atención. Su cercanía la vuelve casi invisible. Quizás por eso me interesa fotografiarla. Hay algo en ese gesto que me obliga a detener la mirada sobre un espacio que siempre estuvo ahí y que, sin embargo, nunca miré con atención. Las fotografías hicieron que pueda correr el foco. Me llevaron a prestar atención hacia otros lugares, a los restos de una experiencia que no podía recuperarse de manera completa pero que seguía apareciendo bajo otras formas.


En ese punto encontré una cercanía con algunos planteos de Vinciane Despret. Lo que conocemos y construimos nunca se produce de manera aislada y una experiencia no pertenece exclusivamente a quien la vive. También existe en las voces de otras personas, en los espacios donde transcurre y en los rastros que deja. Esa perspectiva me ayudó a volver sobre mis fotografías y entender que lo que estaba registrando era parte de una experiencia que seguía presente cuando el episodio había terminado, en las huellas. Los episodios de sonambulismo ocurren durante la noche. Sin embargo, gran parte de las preguntas que hoy me hago sobre ellos aparecen después. La experiencia no se agota en el acontecimiento que la origina. Continúa produciendo interpretaciones, encuentra otros modos de existir y permanece activa en los lugares más cotidianos porque todas las mañanas sigo haciendo más o menos lo mismo. Abro las ventanas, preparo un mate y ordeno algunas cosas antes de empezar el día. La diferencia es que ahora miro la cama de otra manera. Ya no es solamente el lugar donde dormí. También es un espacio atravesado por relatos, recuerdos reconstruidos,olvidos y preguntas que todavía permanecen sin respuestas. También es un espacio donde la experiencia deja rastros, donde la ausencia cobra otro sentido y donde siguen apareciendo cosas cuando la noche terminó hace horas, años e incluso décadas.

Vuelvo a mis fotografías como quien vuelve a un lugar conocido mucho tiempo después y descubre que algo cambió. No siempre cambia la imagen. A veces cambia la pregunta. La experiencia quedó en las fotografías, en las historias que se contaron después y en una cama que dejó de ser simplemente un mueble cualquiera. Quizás por eso sigo registrándola. Porque cada vez me interesa menos saber qué pasó durante una noche determinada y más
observar todo lo que una noche puede dejar detrás de sí. Algunas noches terminan cuando amanece. Otras siguen trabajando en silencio durante años.

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