Seguro derrochaste muecas graciosas con ellos, “me gusteaste” y compartiste en foros privados. Los memes ya forman parte de nuestra cultura. El acto de habla en las redes, en la vida misma (online y también offline), se adjetiva prodigiosamente con piezas resignificadas con una capacidad simbólica única.

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¿Y qué son los memes?

Resulta que esa definición proviene -como muchos conceptos de las ciencias sociales- de la biología. Y en este caso, se la debemos al biólogo evolutivo británico Richard Dawkins. Fue él, allá por 1979 con El Gen Egoísta, quien denominó como meme o memética esa particular condición de la cultura humana que garantiza la imitación de comportamientos y expresiones, y a razón de ello, su permanencia. Desde la perspectiva Darwiniana, donde la selección genética hace su juego en la naturaleza para garantizar la supervivencia a las adaptaciones más exitosas, el señor Richard acude a la metáfora genética de la biología para llevarla ahora a la cultura. En la cultura sobrevive aquello que se socializa exitosamente. De hecho, el meme podría definirse como una deformación de gene (gen en inglés) y asociarse naturalmente, por sonoridad pero también en lo conceptual, con las palabras memoria y mímesis.  

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Imagen extraída de meeememuseum.

Lo cierto es que, aún sin estar exento a críticas dentro de su propio campo – que también son propias de la construcción del conocimiento científico-, aquí nos resulta cómodo para empezar a entender por qué la palabra meme la tenemos tan internalizada en nuestra vida cotidiana. Hace unos pocos años atrás, era un concepto que nos era realmente ajeno, y hoy escribimos una nota sobre él. Y los memes, tal como los entendemos ahora en el mundo de las redes sociales, de alguna manera, responden a esa inquietud. ¿Cómo son capaces de sobrevivir y proliferar ciertas ideas o fenómenos culturales? ¿Qué hace que ciertos contenidos se conviertan en virales? (otra metáfora biológica).

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¿Y qué hace posible su expansión masiva?

Bueno, primero porque se puede, claro. Están las condiciones dadas: tecnológicas, sociales, culturales. Descontando que disponemos acceso a la web, las redes sociales son una tecnología que desde su origen hace más de 15 años, nos permiten compartir textos escritos, visuales y audiovisuales de manera horizontal. Hoy, el universo de usuarios puede aportar a la narración en sus micro y macro burbujas. Aportar significa que está al alcance de las y los usuarios la posibilidad de manipular imágenes con modesta elegancia a través de su móvil con la necesaria urgencia que ameritan estos tiempos. Ahora, el pillo del aula que se sienta al fondo, e impone humor y picardía anónima en un corsé de 40 metros cuadrados, tiene la posibilidad de desparramar talento en otras ligas. El atributo de los creativos publicitarios, esa gracia prodigiosa capaz de crear mensajes que conectan de inmediato con la comunidad merced también de la virtuosa infraestructura publicitaria, de repente se democratiza. Imágenes y textos populares pregnan los discursos sociales sin distinción de género, edades, credo, o nivel de ingresos. Con solo un par de toques al táctil del móvil, una humorada circula con multiplicación rizomática. No hay orden, autoridad, dirección, tampoco autores (claro que los hay, pero son invisibles), sólo el mandato de la emoción que provoca clicks para megustear o para compartir, o ambas cosas, como suele ser. 

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Meme creado con el generador de memes de Imgflip. 

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Los memes reúnen elementos visuales, imágenes, textos y dibujos para expresar ideas. Su autoría es casi siempre anónima, aunque conocemos usinas creativas como por ejemplo @eameo, @repicantee o @capturebizarre, entre tantos otros en Instagram, pero no a los individuos detrás de ellas; toman además, recursos fotográficos o videos sin atención a los derechos autor o de imagen de las personas. De allí, que ingeniosos dibujos y viñetas, productos masivos de las industrias culturales, personajes de la ficción, vuelven a recircular fragmentados y con otros sentidos diferentes de los originales. Pero también, personas comunes como vos y yo podríamos ser -¿víctimas?- de la viralización en formato meme. Lo vimos en otra nota aquí en esta revista, con la niña que se convirtió en meme y que hoy siendo joven reparó parcialmente ese daño vendiendo la foto original que la tiene involuntariamente como protagonista del meme, en una subasta NFT (ver nota). También ocurrió algo más penoso aquí en Argentina con la figura de la mujer trans, Zulma Lobato, quien fue víctima del anonimato brutal de la cultura meme. Denigrada primero en la picadora televisiva de Tinelli y luego a través del avatar de Eameo (el perfil que mencionamos anteriormente) quien la tenía como emblema de lo bizarro. Las críticas de los usuarios/as en torno a la transfobia fueron contundentes, el sitio quitó la imagen y pidió perdón. La cultura se transforma, lo que ayer circulaba con amplio consenso y causaba gracia, hoy ya no. Aunque el caso más emblemático de víctima, redimida, convertida hoy en una super estrella meme sea el caso de András Arató, el ingeniero eléctrico húngaro conocido por el meme Hide The Pain Harold (oculta tu dolor Harold). A juzgar por sus fotos, no lo parece, pero esa mueca sonriente, retratada para un sitio de stock de fotos años atrás, y que aparenta esconder infelicidad, ha sido el motor de su éxito. András, este auténtico hombre que hoy vive de ser meme lo pueden seguir en su perfil de Instagram.

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Y es que los memes manifiestan ideas comunes en ciertas esferas culturales con metáforas lingüísticas y visuales que son reconocibles fácilmente. Imagen simple (aún con sentidos complejos a su interior) y texto breve, mínimo, que ensamblados son capaces de estimular una emoción impulsiva y motivar a los usuarios a que en un par de clicks pongan en común, en sus círculos y afectos, ese acuerdo o validación del mensaje en cuestión.  Así Ricardo Fort, el Carpincho de Nordelta, Julio Iglesias, Trump, el Negro de Whataspp, Homero Simpson, el rapero Drake o la niña que disputa protagonismo a su pequeña hermana durante la celebración cumpleaños, iluminan millones de píxeles en cuestión de segundos, gracias a las capas de información añadidas por el ingenio popular. La capacidad discursiva del meme, se apoya en las referencias culturales populares, expresadas con el lenguaje de la cotidianidad. Allí radica su éxito y el motivo de su distribución viral en internet. Los memes tienen la picardía de la calle, son el relato irónico y pregnante de lo cotidiano. 

Y esa virtud para la comunicación humana, para la circulación y el entretenimiento, también lo constituyen en una herramienta política. El meme es político. Líneas atrás, mencionamos a usinas creativas de entretenimiento. Bueno, pues también las hay de memes políticos, dado que la batalla cultural se libra en diferentes territorios, en los más tradicionales pero también las redes (si es que ya no conforman el ámbito de lo tradicional). Con el mismo enclave humorístico -hoy lo conocemos como consumo irónico-, la sátira, ahora los memes políticos arremeten contra figuras públicas, ideologías, partidos, comunidades, minorías, etc. Nada queda en el camino. Y como mal de la época, también pueden entrar en la historia de las Fake News, las noticias falsas y la era de la post verdad. 

Y en el campo de la Comunicación, también se intenta indagar sobre los fenómenos virales, y allí aparecen de nuevo metáforas de la física y de la biología, que han servido de soporte para las ciencias sociales. Por ejemplo cuando hablamos del concepto de “contenidos líquidos” a expensas de Zygmunt Bauman con su Modernidad Líquida (1999), nos referimos que los contenidos discurren, que circulan, y que aquello que no circula muere. Y mucho de ello hay, los memes permanecen vivos en nuestra cultura porque circulan en la práctica del compartir, y se comparten porque son relevantes para quienes los consumen. También Henry Jenkins -a quien le debemos el hablar sonoramente sobre las narrativas transmedia-, junto a los autores Sam Ford y Joshua Green, indagaron sobre la cultura de convergencia, y nada más y nada menos, que bajo el título Spreadable Media (2013), donde domina la idea de la dispersión, expansión, la diseminación. Las transformaciones culturales alrededor de la transformación de las tecnologías de la infocomunicación. 

Ahora las conversaciones grupales en redes sociales, sean en circuitos abiertos o cerrados como WhatsApp, se nutren también de verdaderas reservas de memes. Desde los emoticones, hasta los stickers y gifs, están al alcance de los usuarios para proponer y reaccionar en el ida y vuelta. Este repertorio de recursos ahora aporta a las múltiples capas del mensaje mediado por móviles, otro dispositivo más para la emoción y el humor.

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La memoria del meme

En la breve historia de Internet, los memes asomaron de manera muy incipiente reclamando espacios para lo social cuando aún no había redes sociales, sólo sitios y buscadores. Por el 2003, nace el sitio 4chan.com, una especie de Taringa.net argentino (sí todavía existe), pero anglosajón y muy activo en la conformación de foros donde se discute literalmente de-to-do. Resulta que en los foros temáticos, un usuario publica lo que hoy llamamos LOLCat – un género en sí mismo-, una suerte de meme humorístico que tiene a los felinos en primera plana, con la leyenda mal escrita en idioma original “I Can Has Cheezburger?”, algo así como ¿puedo tener una hamburguesa de queso? Gatos e Internet, un bautismo de fuego. Twitter: El meme

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Luego, por los 2010 se hicieron famosos otros memes, ahora dibujados, como TrollFace o Fuckencio, un verdadero furor que suscitó -a diferencia del gatito burguer- la narrativa de las y los usuarios de la red. 

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De pronto, estos personajes horriblemente mal dibujados, protagonizaban viñetas con situaciones de humor picante, editadas por los propios internautas. Y lo que sucedió con el tiempo -un poco ya lo sabemos por experiencias propias- es que esas prácticas culturales de nicho, enclavadas en sitios especializados y burbujas bien definidas como las comunidades fandom (fanáticos), comenzaron a abrirse camino hasta permear en nuestras vidas cotidianas. Hoy, el grupo de WhatsApp familiar, de amigues, del equipo de fútbol o de la secundaria, dialoga abiertamente enriqueciendo esos espacios con memes. Las comunicaciones institucionales, los mensajes sanitarios y hasta las campañas políticas acuden a la cultura meme y el consumo irónico para conectar con las audiencias. 

Nos queda la duda, al menos la hago propia, una inquietud quizás innecesaria a estas horas, sobre cómo los antropólogos del futuro estudiarán la riqueza de la cultura contemporánea. Si aún intentamos comprender los hábitos y costumbres a partir de los vestigios de la piedra rosetta, de los muros y momias egipcias, de la petrificación arrolladora del Vesubio en Pompeya o los restos de un almuerzo de las culturas originarias en una cueva milenaria que aún se conserva intacta en alguna ladera montañosa de la Patagonia, ¿cómo haremos para comprender la cultura de lo cotidiano, el rastro digital que dejaremos como testimonio de esta época? ¿Qué cosas nos hacen reír, quiénes son víctimas de la burla, cuáles son los valores implícitos, las formas retóricas exitosas…? uff. Por suerte, muchos se han hecho ya esa pregunta y al menos, en todo el globo aparecen intentos en formatos de tesinas y también en repositorios digitales y museos “tangibles” de memes. En esta investigación me encontré el Museo Electrónico del Meme Extraordinario y varios perfiles de Instagram que van coleccionando este valioso capital cultural efímero.

Y siguiendo con la metáfora biológica con la que iniciamos esta nota, podremos concluir que los memes son la expresión de una lengua auténticamente viva: perforaron ciertas burbujas de consumo, se abrieron a diferentes territorios y permean en diferentes generaciones y pertenencias ideológicas. En tiempos de auge conservador, donde la policía del idioma cuestiona la “desnaturalización” del uso del idioma, el lenguaje inclusivo, el uso de la “e”, y varios etcéteras, los memes ruidosamente invisibles atraviesan todo el arco de la comunicación humana, y como Michael Jackson, desde la tribuna comiendo sus palomas de maíz, miran expectantes esa batalla sin ganadores, constituidos hoy como un bien endémico de nuestra cultura. 

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Las opiniones y comentarios desarrollados en esta publicación responden a la subjetividad de lxs autorxs que participan.