Sobre lo perdido

Por: Adriana Ortiz Bialous

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“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.”

Albert Camus “El mito de Sísifo”

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Junto al eclipse, la opresión en el pecho había llegado para quedarse. Y, con ella, el nuevo universo al que me enfrentaba. Un planeta en el que los colores eran otros: grises, amargos, absurdos. Uno en el que ya no podría
respirar hondo ni descansar.

21 de diciembre, luna roja, el primer eclipse lunar total desde el año 1538. El primero de estas características en casi cinco siglos. Todo un evento a nivel mundial. Un día que quedaría para siempre en la memoria de mi familia.

Aquella noche de diciembre de 2010 la luna se tiñó de sangre. En las noticias decían que era el solsticio, el eclipse lunar más largo de casi 500 años, un evento histórico. No lo entendí porque observaba el nuestro, nuestro eclipse, el mío, el que cambiaría la historia de la familia para siempre.

La luna no tuvo la culpa, claro. Ella solo se movía a su manera, cruzándose con la sombra de la Tierra. Una noche, un evento más en su órbita perfecta. Al día siguiente, ella volvió a ser solo luna, blanquecina, lejana, colgando en su lugar de siempre.

Pero lo mío, mi luna de sangre, fue diferente. No era cuestión de una noche. No… no se trataba de una situación pasajera. Era un desangrarse lento, que continuó mucho después de que los periódicos olvidaran el eclipse. Una herida que no se cerraba. Cada día, una gota menos, una luz más tenue, un color que se desvanecía. Una agonía que se extendió por más de una década. Y aún ahora, a veces, la siento. No es un recuerdo. Es una especie de eco que reverbera en los huesos.

Mis cielos no eran los de Monet, no era un sueño lúcido. El mundo había cambiado para siempre, tenía que acomodar eso en algún lugar de la mente o dejar de existir. Vivir acababa de transformarse en algo insoportable. “No puedo, no puedo, no puedo…” Repetía incesantemente frente al espejo desde ese despiadado instante.

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Durante esos quince años, el reloj no había hecho más que girar sin sentido. Hubo momentos puntuales que marcaban el compás de la vida, pero el resto se evaporaba “…no te animas a despegar… yo te digo por qué…”, el tema de Charly se apagaba mientras quedaba el eco en mi cabeza “¿Por qué?”. No podía percibirlo, pero hacía, tal vez, demasiado tiempo me encontraba en “Vía muerta”.

A la mayoría de la gente le atraen las estadísticas, las buscan para sufrir con la indolencia de convertir a los hombres en meros números, o para justificar la conducta individual aludiendo a la mayoría.

La canción continúa mientras leo: “De los 5317 suicidios que se produjeron en 2010, 4321 fueron hombres y 996 mujeres.” La pantalla de mi computadora revisaba esos números mientras la luna asomada en la ventana me recordaba otro momento: mis primeras nueve lunas.

Juan Ángel llegó a mi vida en septiembre de 1985, lo sabría un mes más tarde. Yo tenía catorce años y una profunda sensación de soledad que comenzaba a quedar atrás con esa noticia. Algunas personas no tienen edad, son siempre grandes, eso fue lo que nos ocurrió a ambos. A mi, porque las circunstancias lo exigieron; a él, presa de sus figuraciones.

Tiempo

Había salido a las 19:25 hs. del trabajo, el auto estaba listo para ir a Neuquén, me dispuse a partir. Podría haber sido un día de otoño, el sol con su brillo dorado impactaba en el espejo retrovisor tornando difícil la visibilidad. Lo incliné. Instantáneamente, su cristal se volvió negro, tanto como los días por venir.

La temperatura del aire era ideal para entregarme a los brazos de Morfeo y disfrutar de una siesta profunda, pero las ideas me sofocaron, iba a prender la ventilación cuanto antes para refrescar mis manos transpiradas sobre el volante.

Ese día, ese momento, era el último viaje en el mundo conocido, el de mi familia, el de la cotidianeidad, el de la completitud. Faltaba poco para el verano. La temperatura del ambiente y una especie de stand by mental me transportaron por unos instantes al pasado, mientras ponía en marcha el motor del viejo auto. El recuerdo de nuestro gran viaje parecía una película que se proyectaba en mi mente.

Reviví esos instantes: El optimismo inicial con el que todo mochilero arranca se había ido desvaneciendo con el paso de las horas. Juan Ángel y yo habíamos planeado desde siempre un viaje juntos que nunca se daba por una u otra razón. Ese verano de 2008 habíamos decidido cumplir nuestro sueño sí o sí. Él tenía 22 años y yo 37, madre e hijo emprendiendo una aventura. Solo él y yo. Nos lo debíamos.

Un militar nos había llevado desde Zapala a su lugar de trabajo, Primeros Pinos. La velocidad de ese primer tramo era un buen signo, decidimos esperar en la subida, después de la curva, un lugar ideal para que los vehículos nos vieran haciendo “dedo”. Dos años habían pasado ya desde esa aventura.

(5 A.M., la temperatura de la habitación era de treinta grados. La ventana, abierta para que el aire nocturno aplaque el calor. Me dormí tarde. Recuerdo una búsqueda infructuosa. El cansancio pudo más que el temor. —¿Para qué me despiertan? —)

Un rayo de sol me trajo al presente. Mi viaje a Neuquén continuaba. La ruta estaba tranquila, aunque el paisaje acostumbrado se había tornado diferente. Sí, había cambiado. Alguien podía aventurarse a afirmar que era producto del horario, pero no; a veces las personas, como los gatos, poseemos un sexto sentido que se revela en un clima enrarecido, extraño. Primaban los grises y un aroma a inenarrable soledad.

Iba a tratar de dilatar el desplazamiento del coche lo necesario para buscar a Juan a la salida del trabajo. Llegaba el final de un gran año. Me sentía muy bien conmigo misma y a Juan Ángel, mi hijo mayor, le estaba yendo muy bien. Había hecho grandes cambios: mudarse a Neuquén, conseguir trabajo, inscribirse a medicina para comenzar el próximo año y, además, hacía casi un mes estaba en El Olivo, un hotel restaurante en el que lo “blanquearon” desde un comienzo.

En esos días, el trabajo en la provincia no era fácil. Los sueldos, para la mayoría, se arrastraban por el piso, mientras los precios de los alquileres se elevaban por la generalización de ser una “provincia petrolera”. Aun así, él se sentía feliz. Estaba exultante porque la semana siguiente le iban a dar su primera tarjeta de débito, un símbolo de su independencia.

Mientras pasaba por Cerro Bandera, mis manos se aferraron al volante y mi mente, buscando un asidero, se anclaba a la idea de una carrera de regularidad. Una maniobra por controlar el tiempo. Calculaba cada kilómetro, cada curva, con la precisión de un piloto que se encapricha con un ideal. Dos horas y media. Ese era mi objetivo. No quería permitirme ni un solo error. Solo llegar a la hora precisa, sin demoras. La duración exacta para no tener que esperar y poder compartir con mi hijo cada momento en cuanto se desocupara.

Al detenerme en el primer semáforo de Cutral Co envié un mensaje avisando la ubicación. Entre tanto, el casete que daba vueltas en forma indefinida hacía sonar And Tell me why. En ese momento no significaba nada para mí, solo era un casete, simplemente una canción como tantas otras. Más tarde se convertiría en una eterna pregunta sin respuesta. Comenzaba a atardecer, la temperatura se tornaba más soportable, continué recordando nuestro viaje épico.

Ahí, parados al final de la curva de Primeros Pinos esperábamos que alguien nos viera mientras nuestros pulgares se agitaban en el aire con el deseo de que nos lleven a Pehuenia, ese camino no tenía otro destino. Pero, los autos venían muy llenos o la gente desconfiaba de los mochileros o … éramos invisibles ¿Quién sabe? Al llegar las seis de la tarde decidimos emprender el viaje hasta el lago caminando. Nada más ni nada menos. No íbamos a andar con “achicadas”.

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La noche nos encontró acampando a orillas del Kilka, un curso de agua que alimenta al Río Aluminé. La destreza de Juan Ángel y su gran experiencia, a pesar de su corta edad, hizo que rápidamente todo estuviera listo para pernoctar. Desde que era muy chico siempre había ido a los campamentos del CEF, una oferta gratuita que nunca desaproveché para él ni para sus hermanos.

Nos debíamos ese tiempo juntos, la vida había sido complicada para nosotros. Tantas responsabilidades…nunca parar.

(Era raro ver a mi hermana de visita, más raro aún a esa hora en mi habitación. ¿Decía algo?)

Había salido a las 19:25 h de mi trabajo. Había cargado gas en la mañana, para dejar el “doce” listo, presto a partir. Esos viajes se habían repetido a lo largo del año, desde que Juan alquiló un departamento en Neuquén. Eso había sido justo en la fecha de su cumpleaños 24. Una foto en la que me tenía a “upa” quedó ese día para la historia.

La percepción del tiempo es relativa a los anclajes en los que lo sumimos. Para alguien de treinta y nueve, que ha vivido la gran mayoría de sus años junto a otro, veinticuatro era una enormidad. ¡Estaba tan grande mi hijo mayor! Mi rostro se iluminaba mientras traía a la mente la fecha de su último cumple asociada a la imagen que guardaba entrañablemente, una imagen kinestésica: la risa resonante, la fuerza corporal, el impulso al alzarme. Se invertían los papeles, el hijo llevaba en brazos a su madre. Sonreía y sentía de nuevo, en esa reminiscencia, los brazos soportando mi peso mientras continuaba evocando aquel viaje.

Aunque era verano las noches cordilleranas bajan su temperatura. Descansamos lo necesario y apenas el Sol anunció su llegada nos dispusimos a continuar. Guardamos la carpa, enrollamos las bolsas de dormir, ajustamos las mochilas y proseguimos nuestra caminata a Pehuenia. Cada tanto volvíamos a ponernos protector solar, hechos una milanesa, producto del sudor, la crema y la tierra que levantaban los autos. Estábamos decididos a no parar ni insolarnos.

(Mi marido también estaba allí. No lograba entender su presencia, quietos al lado de la cama. A pesar de los treinta grados ambiente, el frío me calaba los huesos)

La imprudencia de un auto que trató de adelantarme me trajo al presente. Disminuí y alcanzó a entrar entre el camión y mi coche. Ya se hacía de noche, iba por Plottier. El miércoles de la semana anterior él había llamado por teléfono, mientras me hablaba su voz dejaba en claro el estado de ánimo que yo más temía. Aunque no podía verlo, sabía que las lágrimas se amontonaban en sus tupidas pestañas para caer, abrumadoras, volviendo esmeralda el verde de sus ojos. Su sollozo entrecortaba la comunicación. Mientras lo escuchaba algo comenzó a quebrarse en mi pecho. ¿Acaso fue un aviso? No hubo palabras que lo reconfortaran, no era eso lo que precisaba, no supe verlo. Le dije —Voy en breve, este fin de semana, máximo el otro, estoy en pleno período de evaluaciones, en el PEC y el trabajo me necesita. — ¿El trabajo me necesitaba?

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Mientras la base del parabrisas dibujaba con la ruta un triángulo isósceles, revivía momentos. Momentos simples y valiosos. ¡Qué buen viaje al lago habíamos tenido hace dos años! Ojalá este verano pudiéramos repetirlo. La recta Senillosa- Plottier me llevó al pasado.

Recta de tierra, Pampa de Lonco Luan, vacío y esa contradicción de pehuenes, ponderosas y oregon que la naturaleza por si sola jamás hubiese admitido. Juan llevaba la mochila más pesada, una Waterdog de 60 litros con la que años más tarde subí al Lanín. La mía era un tercio de la suya. Ahora pienso que su mochila siempre fue muy pesada. Era mi hijo, pero también, de algún modo, era mi mano derecha, mi compañero de hierro, siempre listo, con quien siempre contaba. Demasiado peso.

Pasamos la pampa, caminamos como enanos decía él riéndose. Lo miré, era como un adonis griego moderno, con su torso al descubierto (para broncearse parejo) y su gorra de visera. Siempre mi hijo, mi niño, pero podía darme cuenta de que ya era un hombre.

Yo, en cambio, estaba cansadísima. Con la esperanza casi perdida y a pocos kilómetros del destino, la charla seguía como podía. Me esforzaba por recordar a qué hora pasaba el colectivo rumbo a Aluminé. ¿Estaría muy lleno?, ¿pararía en el medio de la nada?, ¿el dinero que llevaba alcanzaría? porque con esto del débito siempre tenía poco efectivo.

(Corrí hacia el baño, me paré frente al espejo, me miraba ¿me veía? Repetía palabras sin sentido. Palabras que me acompañarían por más de una década)

Otros árboles al borde de otra ruta. La Herradura. Ya entrando a Neuquén, pasé el cartel verde que señala la separación entre ciudades. A la izquierda, antes de la estación de servicio la casa de Juan. Siempre lo cargaba — Estás más cerca de Zapala que de tu trabajo—. Usualmente habría parado a mi derecha, y con una maniobra incorrecta habría entrado a la calle Tegucigalpa, pero había quedado en ir a buscarlo al trabajo, así que seguí. Puse cuarta y pensé en cómo la mente reescribe historias.

El auto ya tenía un par de décadas, lo compré usado. Pero era una máquina, me había llevado durante todo el año a hacer esas visitas. Mi auto. El mismo que encontraría dos días más tarde en el portón de la chacra. El mismo con el que él hizo su viaje al adiós irrevocable. Faltaba poco para llegar a “El Olivo” seguí pensando en nuestra hazaña de llegar a pie a Pehuenia. Una camioneta vieja pasó delante de mí en el semáforo de la R22 y, otra vez, viajé en el tiempo.

Habíamos avanzado un km desde la Pampa de Lonco Luan, cuando un vehículo se apiadó de nosotros. Ese último tramo sentados sobre un colchón en la caja de una Ford bien de campo; entre verduras y otras mercaderías fue la felicidad plena. Algo que lograba caracterizarnos es que podíamos embriagarnos de alegría por cosas simples. En ese momento lo estábamos.

(Sin desvestirme, me senté bajo la ducha. La ropa empapada en tanto mi cuerpo anticipaba un bucle interminable junto a ese movimiento de vaivén continuo adelante-atrás, adelante-atrás.)

Este Neuquén cada vez más complicado, pensé. Bajé a la Lastra, doblé a Solalique. Dos cuadras y busco a Juanan. Volví al ensimismamiento, a Pehuenia, mientras esperaba a mi hijo afuera del trabajo. Era 19 de diciembre, pronto habría un fin de semana para volver al lago, ahora tenía el auto. Allá si que íbamos a tener tiempo para hablar. Teníamos que repetir esa experiencia. “Cuando volvamos a Zapala le digo”, pensé al verlo acercarse al auto.

Días más tarde, el regreso a Neuquén fue en solitario, desarmé el departamento y regresé pensando ¡cómo podía ser que la vida de mi hijo entrara en un R12!

(Como un péndulo de Newton, una y otra vez escuchaba: “Lo encontramos, era tarde. No se podía hacer nada.”)

“Los datos publicados indican que a lo largo de 2010 se registraron 5317 suicidios en Argentina. Esto significa 15 personas cada día.”

Eso significa… que él ya no está.

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